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"Existen otros mundos, pero están en éste."

El chisme aéreo, un estilizado insecto de metal verde, aterrizó con mucho aparato en la gran H de nieve coloreada que servía de heliopuerto desmontable. Tres figuras bajaron de él: los dos pilotos, claramente identificables gracias al casco de visor plateado y al uniforme isotermo de las Fuerzas Intercontinentales, y alguien más, el periodista que Karl Genden esperaba para acompañarlo en los pasos finales de su experimento.
Los dos FI ,musculosos, angulares y típicos aseguraron las puertas del turbocóptero mientras gesticulaban ridículamente con los guardias de tierra. Cuando pareció acabarse el concurso de mimos, los pilotos tomaron la dirección que llevaba hacia la acogedora y siempre animada cantina de la base. El jefe de seguridad y la tercera persona gesticularon un rato y se dirigieron hacia el domo plateado, desde donde el científico los siguió con la mirada hasta que salieron de su campo de visión. Estaban en el compartimento termoestanco.

El primero en entrar es, como manda el protocolo, Ernest Rageroff.
-Buenos días, señor Genden.-saludó.
-Muy buenos, señor Rageroff. 50 bajo cero, vientos de 130 nudos fuera del heliopuerto y tormenta de radiación. La estática impide la comunicación por radio. El nivel de ozono es casi nulo. Los vientos no permiten los experimentos que no sean de laboratorio y la temperatura...
Alguien se mueve tras el rubio jefe de seguridad, esperando educadamente pasar a primer plano. Ernest parece darse cuanta a tiempo de su falta de cortesía, y se hace rápidamente a un lado. La tercera persona es una mujer. Una chica, castaña, de suaves rasgos noroccidentales, que se coloca junto a él, e, ignorando los balbuceos de disculpa del veterano, se presenta:
-Buenos días, Doctor Genden. Soy la periodista que pidió.
Su voz recordaba a una de las sintéticas que te invitan a unirte, por un puñado de créditos, a las Camas Redondas, allá en la Red. Cálida, bien modulada, excitante y acogedora, sugerente. Sus ojos son negros. Su...
-¿Qué pasa, se le ha comido la lengua el monstruo del armario? ¿Nunca ha visto una mujer periodista? ¿De qué lugar apartado de la mano de los dioses llega usted?
-No se sulfure, señorita...-Karl se acercó a su voluptuoso pecho, donde está prendida la identificación.- González. Simplemente la estaba valorando externamente. El aspecto externo, pequeños detalles como el tono de voz o el color de sus calcetines dicen mucho de un individuo. ¿No ha leído "Una primera impresión", de Prunk Heffel?
-No.
-Pues debería ser un libro de lectura obligatoria, en especial para periodistas científicas como usted. Los gestos, por ejemplo, dicen mucho de una persona- ella abre la boca, dispuesta a replicar, pero él no le deja- .¿Me permite anticiparme a su próxima pregunta? Mi primera impresión es que usted es una chica competente, segura de sus posibilidades, orgullosa de sus puesto, sistemática y detallista, una mujer a la que le ha costado subir al lugar en el que está más que a cualquier hombre. Una mujer que sobrevalora la importancia de su físico en su carrera profesional. ¿Acierto en algo?- Marta duda unos instantes, frunce el ceño, rectifica en pocos segundos. La voz de el científico no era ofensiva, excepto en el contenido semántico. Y él es guapo, con esa esbelta figura típica de un hombre de ciencias que se ocupa más de su mente que de su cuerpo. Con el mismo tono despreocupado y átono de su presentación, dice:
-Me dan igual las conclusiones precipitadas que saque de mí, señor Genden. Considero una técnica interesante la que usted utiliza para clasificar de manera rápida a la gente, pero creo que no es totalmente infalible. Prefiero dar a las personas el beneficio del tiempo, no creo en los arquetipos psicológicos. Aunque eso no quiere decir que los adjudique.- Esta vez fue Genden quien frunció el ceño.- ¿Estoy aceptada?
-Digamos que el turbocóptero es incapaz de despegar con este tiempo, aún abriendo las trampas de viento. Además, sería una descortesía que se fuese sin tan siquiera valorar las instalaciones. El viaje hasta aquí es muy largo.
-Señorita González, bienvenida al Proyecto Artico.- Rageroff estrechó efusivamente la enguantada mano de la chica y la empujó delicadamente hacia el túnel de acceso general.

-¿El doctor Karl Genden es siempre así de desconcertante?
-Sí. Tiene un acierto increíble a la hora de poner los puntos sobre las íes. Y siempre dice la verdad sobre lo que piensa de tal o cual asunto. Eso puede resultar molesto, incluso para él mismo, pero para los que trabajamos con el científico, no con la persona, es de agradecer.
-Menos mal que me dice usted éso, ya me estaba viendo intentando seducirlo para domarlo.- Marta sonríe fríamente a su acompañante, que admira sus curvas de reojo. Él le devuelve la sonrisa, igualmente forzada.- ¿Es difícil trabajar con él, señor Rageroff?
-Si vamos a vivir juntos, será mejor que empiece a llamarme como todos, Ern. De Ernest. Respecto a su pregunta, no lo sé: nunca ha solicitado ningún ayudante bajo mi mando. El Equipo no sabe en qué está trabajando hasta que nos muestra el experimento completo. Miedo al espionaje. ¿Sabe que, a sus 35 años, ha sido nominado tres veces consecutivas para el Nobel, y que las tres veces le pisaron la idea?
-Sí. Estoy informada.
-Creo que esta vez será la definitiva. Y a usted puede que le den el Pullitzer. A la derecha. Aquí es. Deme su dedo. Ahora marque la que será su clave personal: seis valores del uno al diez, cada uno acompañado de una letra no numeral. No miro. Presione aquí...Ya está. Su propia suite.

La suite era una habitación modular de las utilizadas para la colonización de Marte: en primer plano, una mesa multifuncional pegada a un tabique desmontable, tras el cual se ocultaba el sofá cama y el equipo multimedia. La unidad GOG había sido sustituída por un armario, y en el sitio de la ducha había una despensa y una básica cocina, con cubiertos para tres personas y una pequeña pila para lavarlos. Marta se paseó por el espacio central en forma de U, abrió y cerró el sofá un par de veces y encendió el estéreo. Ponían clásicos de los 90. Puso la calefacción a tope, se deshizo del pesado mono polar y curioseó en la pequeña despensa, buscando algún aperitivo antes de la inminente cena. En el interior, aparte de los habituales comprimidos vitamínicos, había una hermosa botella de cristal llena de un líquido incoloro con una nota, escrita a mano, colgando del gollete. Decía:
"Perdone mi hostilidad. Ruego acepte este presente para las noches frías.
Firmado: Karl Genden. "
Probó el líquido trasparente: era vodzka. Muy fuerte. La larige y el estómago le ardieron con el primer buche, un estremecimiento la recorrió al segundo, pero apuró el vaso. El alcohol le proporcionaba una falsa sensación de seguridad, la que necesitaba después del largo viaje desde el Cabo de Hornos, un viaje en el que tuvo que sufrir de acoso sexual aparte de las inclemencias del tiempo. Semidesnuda y algo más caliente, se tumbó en la cama y se dejó llevar por la música, recordando placenteros momentos pasados con Juan, su antigua pareja, allá en la Vieja Irlanda. Olvídándose de los lujuriosos ojos de Ern, el jefe de seguridad, o de la engañosa actitud de su nuevo jefe. ¿Cómo demonios había llegado antes que ella a su habitación?
Se despertó con un sonido recalcitrante procediente de la consola frente a la cama. Una luz parpadeaba, bajo ella, un indicador: llamada en espera. Se vistió apresuradamente con una bata de la base y encendió el monitor.
-¿Hola?¿Hay alguien ahí?
-Perdone, señor Genden. Me...-La frase quedó incompleta, muerta en sus labios, interrumpida por el torrente de palabras del científico. Marta hizo una mueca.
-Será mejor que se pase por aquí lo antes posible para que ésto no se repita. Le entregaré los planos de la base, las instrucciones de su despertador y alguna informacion para que empiece a redactar su artículo desde el punto de vista de un investigador, del colaborador. Me enseñará sus conclusiones. Voy a llevarla por el camino que yo he recorrido, a ver si llega a mis mismos resultados. Tiene que ganarse su artículo.
Agarró del armario la ropa de trabajo que había, ya que estaría pensada para la temperatura de la base, y se la puso lo más rápidamente posible. La ropa era suave y cálida por dentro, como la piel de un amante, y áspera por fuera. Su color negro no le iba nada, le parecía fúnebre, pero entendía su funcionalidad si le daba por perderme en la nieve. Las botas claveteadas, de extraña manufactura, estaban llenas de refuerzos, orificios y contrachapados, hechas para ser sólidamente fijadas a raquetas o a algo parecido. Muy bien pensadas, pero horribles. Le hacían sentirme un pato con pies de plomo. Cerró la cremallera del mono adiabático con cierta dificultad puesto que no estaba pensado para personal femenino (la ausencia del mismo se notaba en la actitud de los hombres de la base) y salió a los pasillos.
Le costó encontrar la puerta del laboratorio del doctor Genden entre el laberinto de corredores anulares, pero finalmente dio con ella. Ahora se enfrentaba a otro dilema: no conocía el sistema de apertura. Observó la cerradura, idéntica a la de su cuarto, puso el pulgar en el sitio indicado para ello y sonó un clic. La puerta se abrió con un sonido hidráulico.
En el interior le esperaba el ambiguo señor Karl Genden, enfrascado en algo que no conseguía ver, su media melena de color grisáceo cayéndole sobre los pómulos. Así, sin hablar, sin soltar palabras hirientes por su increíble boca, incluso podría considerarlo atractivo.

-¡Ah, por fin está aquí! Llegué a pensar que había huído con el rabo entre sus piernas debido a mi humor de bienvenida, que ya estaba de vuelta en Europa. ¿Le asusté con mi pequeño discurso, y ha estado peleando por cambiar su destino? -Su tono de voz había cambiado. Ahora parecía más excitado, nervioso, quizá por algo más que por la adquisición de un nuevo discípulo.
-No. Me quedé dormida.- Pensó por unos instantes en añadir algo como "me he quedado porque me gusta usted", pero sin conocerlo en serio esas palabras sólo minarían su imagen de chica competente, la transformarían en una esclava, la harían descender de nivel respecto a él. Sería una guerra. Lo miró a los ojos. Él esquivó su mirada, con cierto desprecio.
-Vamos al grano. Voy a hacerle unas preguntas mientras le muestro mis instalaciones. ¿Le importa?
-En absoluto, doctor.- El físico empezó a caminar entre la multitud de mesas llenas de componentes electrónicos, hacia una puerta al fondo que decía: "Alto secreto. No entrar.", escrito en grandes caracteres negros sobre fondo rojo. Pulsó la cerradura y marcó el código velozmente, antes de que la chica lo memorizase de alguna forma.
-Este es mi laboratorio secreto. Es usted la primera persona que ve estos aparatos, después de mí, claro. ¿Qué le parecen?
A pocos metros de ella, cerca del centro geométrico del laboratorio, se elevaban seis columnas plateadas hermosamente trabajadas que rodeaban a un extraño pero bello aparato central.
-Fantástico. ¿Eso de allí es una batería de generadores de fusión?
-Sí. Para mis experimentos necesito mucha energía. Seis generadores en serie que suman en total una potencia de 7 por 10 elevado a 23 Gigavatios. Superior al número de Avogadro.
-¡Fiu! ¡Eso es mucha energía! ¿Está diseñando materiales?
-Mejor aún. Estoy definiendo nuevas propiedades de la materia. Actualmente trabajo en un nuevo modelo del Universo tal y como lo conocemos.
-Eso revolucionaría el mundo de la Física.
-No, sólo lo ampliaría. Será comparable al derribo de la teoría geocéntrica, o de la bóveda celeste fija. Con suerte le pondrán mi nombre al grado de la nueva escala de temperaturas. -Genden divagaba, acariciando sus artefactos.-¿Sabes qué es esto?
Karl se detuvo junto al que ocupaba el centro de la sala circular, del que salían multitud de tubos, raíces de metal e hilos dorados de telaraña. Cuatro piezas externas parecían delatarlo como un modelo primitivo de botella magnética, pero algunos marcadores digitales indicaban valores diferenciales de presión y temperatura entre los anillos, o quizás de las paredes. El conjunto parecía no tener finalidad. Pero ella no se quedaría con la boca cerrada:
-Una gigantesca cámara de vacío rodeada de cíclopeos inductores octopolares de campo magnético. Una pieza de un viejo acelerador-colisionador de partículas.
-Más o menos. ¿Sabes lo que es la presión de onda?
-La fuerza que ejerce un paquete de fotones o cualquier corriente de partículas subatómicas capaces de ser difractadas sobre un objeto, ¿no?
-Se podría definir así. ¿Qué pasaría si le aplicamos dicha presión de onda llevada al límite de energía en un objeto mesoscópico? Utiliza tu inventiva.
-Si eso pudiese hacerse de manera uniforme, la energía comunicada por el choque de fotones, neutrones o lo que sean sobre los átomos del pequeño objeto lo harían colapsar sobre sí mismo hasta formar un gigantesco conglomerado de partículas fundamentales, una especie de macroátomo...o habría una diminuta explosión de energía desconocida que transformaría en plasma todo el instrumental, incluso podría llegar a formarse una singularidad desnuda.
-En la primera partes de una teoría básicamente cinética, mientras que en la segunda utilizas el concepto termodinámico de la disipación del trabajo en forma de calor. La tecera es inviable. Careces de masa crítica para un colapso decente. Pero es una curiosa alternativa.
-Sí. Se podría ver así. ¿Está usted haciendo aquí algo de éso?
-No exactamente. - Karl pareció darse cuenta repentinamente de algo importante. Se volvió bruscamente y se dirigió a la puerta. Hizo gestos para que ella lo siguiera.- Ah, antes de irse, coja un mapa de la base. -Le extendió un papel doblado.- Quizá le interese saber cómo llegar a la cantina.- La empujó fuera.- Ahora déjeme, por favor. Tengo que hacer unos cálculos.

Genden no volvió a hablarle del asunto. Marta se fue de su laboratorio con la desagradable impresión de que había decepcionado al gran genio, de que metió la mano en el sombrero de copa pero no sacó el conejo. La fuerte sensación de inferioridad intelectual provocó que el resto de su visita en solitario en calidad de corresponsal a las instalaciones fuese de lo más insulsa: tensómetros, balanzas de precisión, microscopios atómicos, superconductores... nada realmente innovador o extraordinario. Pero ella absorvía cada frase como si fuese oro líquido, e intentaba disgragarla siempre que podía, buscando significados ocultos, información velada sobre el experimento del siglo. Intentando sacar lo mejor de su espíritu periodístico, aprovechar el viaje. Genden la superaba, por ahora.
Al llegar a su habitación, la frustración le hizo casi arrancarse el mono isotermo. No visitó las duchas a pesar de que no se lavaba desde hace dos días, pero es difícil sentirse sucia en un clima donde la transpiración es casi nula. La periodista se mojó un poco la cara con agua templada para no caerse rendida mientras abría su sofá y desnuda, pensando todavía en el gigantesco artefacto, se enterró entre las sedosas sábanas y se durmió inmediatamente.
El despertar fue molesto. El estrepitoso timbre de llamada videofónica no se diferenciaba en nada del de un despertador, y eso lo volvía igual de odioso. Marta encendió la terminal sin darme cuenta de que aún estaba desnuda, y lo primero que vio fueron los enormes ojos de Genden oscilar de su cara a cierta generosa parte de su anatomía.

-¿He llamado en mal momento?- Genden estaba muy incómodo, no sabía donde mirar. Marta no ocultó la pantalla, decidida a despertar, ahora que estaba a salvo, los más bajos instintos del científico. Seguiría su técnica, observaría sus reacciones.
-No, qué va. Acabo de levantarme. Uaaag.- La chica se desperezó de la manera más sensual posible, de rodillas, arqueando su espalda hacia atras, inflando su prominente pecho mientras sus brazos en jarras tendían a unir sus codos detrás de ella.
-Hmmm. Bien. Acérquese al laboratorio cuando pueda- dijo, mirando hacia un lado con aire ausente. Karl tenía un bonito perfil griego. Demonios, cada vez le gustaba más.- Y vístase. Cualquiera puede estar monitoreándola.
Ella se rió, en secreto, contemplando la pantalla apagada del comunicador. Había hecho su jugada, y había acertado. En el futuro, con suerte, y si su ética profesional se lo permitía, podría seducirlo parar obtener información adicional. Su instinto le decía que habían cambiado las tornas.

-¿Sabe lo que es el efecto túnel, señorita González?
-Sí. Es el principio que se utiliza en los semiconductores cuánticos.
-Veo que está informada. Naturalmente, conoce el concepto de Cero Absoluto.
-Naturalmente. El punto que sale de extrapolar ciertas gráficas de varios gases a volumen constante. El cero inalcanzable de la escala absoluta Kelvin de temperatura.
-¿Ha meditado sobre sus implicaciones? Buen, déjelo, hágalo esta noche. Le voy a dar la llave de mi experimento. Es una teoría, una teoría con la que soñé un día allá por el 2705, hace unos dos años, cuado me pisaron el tercer Nobel. Una teoría en principio tan ridícula que no me atreví a comentársela a nadie hasta que no obtuviese pruebas experimentales de su realidad. Primero Einstein introdujo al Tiempo como dimensión, y pasó del espacio euclídeo al einsteniano. Yo he inventado y "demostrado" el espacio Gendeniano.
"Imagínese que realmente el universo tiene seis dimensiones, en vez de cuatro como está aceptado hoy en día. Las tres primeras de dirección, una de tiempo, una de masa y otra de temperatura. Nunca he tragado el concepto cinético de temperatura. Yo apuesto porque es una magnitud fundamental, algo que no se puede definir pero tan real como el moverse adelante y atrás. Este espacio hexadimensional es capaz de gozar de una mecánica conjunta, cada dimensión con sus ecuaciones de movimiento enedimensionales, por ejemplo, usted se puede desplazar en tres dimensiones moviéndose en una de dirección, una de tiempo y una de temperatura, por ejemplo. O en un plano, dos de espacio, y una de tiempo. ¿Me sigue?
Bien. Supongamos una mecánica hexadimensional. No voy a detallársela, sólo voy a introducirle los conceptos básicos. Usted podría moverse en la misma dirección en sentido positivo y negativo en cinco dimensiones, excepto en el tiempo. En el espacio tridimensional como habitualmente lo hace. En la coordenada Masa, manejando ecuaciones relativistas. En la coordenada Temperatura, ecuaciones termodinámicas. Es evidente la relación existente entre el Volumen de un cuerpo, su masa y su Temperatura. Ya que tenemos ligadas las seis dimensiones. ¿qué nos queda?
Efectivamente, el balance de energía. Todo el sistema estaría orientado en torno a un "cero" de energías en fución del cual se ligarían las demás ecuaciones. Cero cinético y dimensional. Cero gravitatorio. Todo eso, vamos. En el nuestro, ese "cero" se encuentra a la altura del cero absoluto.
Primero pensé en "viajar" a través de las coordenadas másicas, pero éso ya está hecho. Lo hacemos a bajo nivel cada vez que fisionamos un átomo de uranio, por ejemplo. Después pensé en alcanzar el cero absoluto, pero para éso necesito una partícula de masa cero, ya que como sabes en el cero kelvin la partícula aún posee una cierta energía cinética. Como supondrás, una partículas de ésas características es indetectable. Y he descubierto que puedo "engañar" al sistema mediante lo que yo llamo el Efecto Túnel Térmico, haciendo "saltar" el cero absoluto a partículas fundamentales desplazando el cero de energías a las coordenadas negativas de temperatura, enviando pequeñas cantidades de masa al que yo llamo Universo Negativo."
-Fantástico. Es una teoría revolucionaria. ¿Ya la ha demostrado?
-Creo que sí.
-¿Que significa "creo que sí"?
-Que hago desaparecer partículas sin desprendimiento de energías. Lo que no sé es qué pasa con ellas. Es cuestión de fe, y yo no se si creer o no creer. Esto es muy distinto a la la experiencia de Pound, Purcell y Ramsey, porque ellos trabajaban sólo con la coordenada "temperatura". El suyo es lo que yo denomino "Proceso Isomásico".
-¿Qué piensa hacer?
-Estoy trabajando en un modelo experimental para objetos mesoscópicos. Mi objetivo es enviar al Universo Negativo artefactos emisores de un tamaño de pocos átomos, para que registren básicamente lo que allí ocurre. Para éso tenía una lanza láser y un microscopio atómico. Para éso me hice instalar seis reactores de fusión, porque en vez de cargar energéticamente una partícula para que engañe nuestro "cero" local, tengo que hacerlo con multitud de ellas. Quiero mandar una microcámara.
-Lo entiendo. ¿A qué espera para realizar el experimento?
-Hay muchas variables indefinidas, como usted comprenderá. No sé si el universo negativo teorizado ya en el siglo pasado es real, ya que si lo fuese tendría unas leyes de la física "especulares", es decir, los rozamientos producirían trabajo y las máquinas de Carnot superarían su propio rendimiento, por ejemplo. Quizá incluso el tiempo discurra en dirección contraria a la nuestra. No me gusta éso de jugar con estos niveles de energía sin conocer con seguridad lo que va a ocurrir. Es como ir a ciegas.
-¿Cómo cree usted que ha avanzado la ciencia, doctor Genden? ¿Cree que Galileo, Newton, Einstein o Heffel se lo encontraron todo hecho? Algunos incluso experimentaron con su cuerpo, a falta de material mejor.
-Estamos hablando de la frontera entre la teoría y la práctica. Ellos eran principalmente teóricos. ¿Debería dejar mi hipótesis incompleta?
-No, Karl. No dejes que otro te vuelva a fastidiar el galardón que te mereces.
-Está bien, Marta. Seguiré adelante. Acompáñame, acabaremos ahora.

* Borrador del artículo inconcluso "Aplicaciones del Efecto Túnel Térmico", de Marta González, encargado por la revista "Observateur". Antártida, 15 de Septiembre de 2707.*
La práctica del salto térmico resultó ser mucho más simple que la teoría, y a la vez mucho más intuitiva debida a la gran cantidad de aproximaciones. Karl cogió el artefacto, fabricado con superconductores a temperatura ambiente (-20º C) y lo dejó caer desde arriba en el centro de la esfera octopolar activa, en la cual éste flotaría. Una vez se amortiguó la vibración, más o menos cuando se observaba visualmente que el diminuto objeto no se movía, extrajo el máximo calor posible mediante métodos diversos (primero enfriamiento tradicional y después magnético), que rebajaron la temperatura hasta décimas de Kelvin y evaluó mediante una prueba la calidad de recepción de la señal de baja energía.
Entonces aumentó la presión de onda desde los valores del espectro visible a la presión calculada para la masa en cuestión en el mínimo tiempo (pedirle a Karl los datos concretos), y se produjo el salto. El efecto fue un resplandor muy parecido al de una explosión termonuclear ,pero de una duración de microsegundos, producido por el pico de energía. El doctor Genden, al parecer no demasiado contento con el espectáculo, consideró necesario ofrecer algunas explicaciones:
-Lo realmente complicado del asunto son los cálculos matemáticos, asuntos como el coste total de energía para colocar las microcámaras en condiciones de Universo Negativo. Cuando se trata con objetos mesoscópicos como la batería de microcámaras, las diversas aproximaciones (conductividad térmica mínima, número máximo de moléculas...) procedientes del análisis dimensional generan un porcentaje de incertidumbre del 45%.
Así que, cuando después del fogonazo producido por la masiva descarga de energía radiada nada apareció en todos los monitores, Genden no pudo evitar gritar un "hurra", de pura alegría. El salto había tenido éxito.
*Fin del archivo*

-¿Se acabó?
-Sí. ¿Decepcionada?
-No. Llena de preguntas. ¿Qué ha pasado con las cámaras?
-Han "saltado" al universo negativo. Lo que no entiendo es por qué no emiten, lo había previsto en mi teoría. Recibiríamos una imagen "en negativo" de la botella, pero la tendríamos.
-Entonces, ¿las cámaras están ahí o no están ahí?
-¿Quién sabe? Quizá hayan transformado toda su materia en temperatura, quizá en tiempo. Igual que un punto en una dimensión espacial, nuestro objeto puede haberse visto impulsado a tomar tres coordenadas nuevas, ¿Tiempo, masa negativa y temperatura?
-Claro. Sin dimensiones de espacio. El experimento no ha servido para demostrar nada, si ahí hubiese una singularidad como ésa ya habría vuelto locos los aparatos.
-Te equivocas. El efecto túnel ha funcionado, tú lo has visto en los visores.
-Yo he visto cómo la imagen se distorsionaba, quizá como consecuencia de la estática, y un enorme resplandor.
-Y una mierda!- Era la primera vez que oía a su jefe hablar así, como un vulgar legionario. Una faceta incontrolada, una brecha en su correcta personalidad de culto hombre de ciencias.- ¡Las cámaras han saltado!
-Si usted lo dice...

Marta se fue, dejando al científico intentando sacar algo en limpio del ruido de fondo del experimento. Ella podría escribir una noticia, sí, sobre el fracaso del método experimental frente a una aparentemente perfecta teoría, o sobre el derroche del dinero dedicado a la investigación por culpa de negligencias administrativas. Pero eso sería mañana. Hoy le daría el beneficio de la duda, redactaría los hechos, no dejaría el archivo impregnado por sus opiniones personales. Quizá entre toda esa basura estática su querido doctor encuentre algo realmente interesante.
Despertó a media noche. Ocurría algo extraño, se escuchaba un zumbido, una vibración que se acercaba. Como el ruido sordo de un ligero terremoto, como cuando pones los bafles a tope. Debajo de la puerta se veía una luz, cada vez más intensa, que acabó por colarse en la suite. Era como una niebla, una niebla fría y levemente luminosa que tendía a cubrir superficies, a envolverlas con un manto helado. Se puso algo de ropa. Ahora, toda la pared de la puerta brillaba de manera fantasmal, como el fulgor de la escarcha al amanecer, y el resplandor se extendía lentamente, acaparando poco a poco todo el volumen de su pequeño cubículo. Tocó la mesa de metal, y un escalofrío le subió por el brazo y le hizo arquear la espalda. Los dedos casi se le pegan a la superficie, le recordaba a ese frío externo que sería capaz de quebrar el acero. La temperatura de la sala había bajado drásticamente a niveles inferiores al punto de congelación. ¿Qué era aquello?
Marta se abrigó como pudo con mantas, bata y ropa de abrigo y se apretó contra la pared, acorralada como la víctima en un cul de sac. La cortina de luz seguía acercándose más, misteriosa e implacablemente, despacio, seduciéndola con naturaleza ultraterrena. Encendió la terminal: estática. Sonrió, le recordaba a las transmisiones de las cámaras del experimento. Debía de ser algo muy gordo si impedía las comunicaciones internas, no una simple ola de intenso frío, un vulgar gradiente de temperatura. Observó sus blancos nudillos, intentó mover los dedos ateridos por el frío. El aire le cortaba en la nariz, lo notaba penetrar en su garganta como un río de cuchillas, como esquirlas de cristal. Venció el miedo, sacó fuerzas de flaqueza, abandonó las mantas y saltó hacia la pared fantasmal. Si iba a ser desintegrada, o congelada, que fuese rápidamente.

* * * II * * *
No pasó nada. Marta vio la cortina lechosa tras de ella, tan extraña como inofensiva, y recordó una marea de sensaciones. Frío intenso, glacial, tanto que parecía que con un golpe sus moléculas caerían en un montón al suelo, como canicas de una escultura magnética, y después calor, una sensación de transporte violento,una ligera descarga eléctrica y luego frío de nuevo. Todo eso en nanosegundos. Parecido a que te reprogramasen los sentidos cutáneos, esto es, te los inviertan, o como si atravesases rápidamente un espeso muro de gelatina congelada. Nada de éso lo había experimentado antes. Resultó desagradable, pero no doloroso. Extraño para este sitio.
Su habitación estaba ahora cubierta de escarcha, como algo que sale de un frigorífico barato, derritiéndose lentamente. Del suelo se levantaba una niebla ligera, espesa, que le recordó a aquella vez que trató con oxígeno líquido. Algo hervía en el suelo. El aire era puro, parecía nuevo, quizá enrarecido por el frío. Probó a abrir su puerta, que cedió sin dificultad, como si nada la mantuviese cerrada, como un mero formulismo intrascendente. El cierre electrónico ya no funcionaba. Salió de su cuarto humeante al túnel circular.
Insconcientemente, mientras su espíritu periodístico intentaba sacar partido del suceso, ella había tomado el camino al laboratorio Genden. Sólo en él podría confiar. Ern Rageroff, el jefe de seguridad, parecía preocuparse más de preservar su cuerpo que de la seguridad de la base, uno de esos tíos que mienten para ocultar el deficiente rendimiento de sus jornadas. Analizó lo sucedido, debería de poder contar lo que le había pasado si quería aclarar los hechos: esa niebla parecía inteligente, como un complicado dispositivo de ataque sistemático que cubre o escanéa toda la zona antes de elegir a su presa. Como en las pelis de ciencia ficción.
Vagaba por los pasillos.
Hacía calor, de repente. Su piel estaba loca. Se quitó la gruesa bata, quedándose sólo con un pijama de invierno y las acogedoras zapatillas, y se increpó por ser tan miedosa. Decidió volver a su habitación, acostarse y quizá mañana meditar sobre lo ocurrido. Podría haber sido un mal sueño, o consecuencia de la temporal avería del sistema de calefacción. Incluso puede que el fenómeno sea común, tan común como las nieblas matutinas. Al fin y al cabo, esta era su primera noche en la base. Mañana hablaría con alguien, sí, mañana. De todas formas si los habían atacado no tenían ni la más remota posibilidad contra gente capaz de manejar tal tecnología militar.
Dio con una puerta con la inscripción "Laboratorio del Doctor Genden". La reconocía, estaba segura, pero algo no encajaba. ¿Habían cambiado la consola de entrada? Extraños caracteres en el teclado alfavalórico. Dos letras nuevas, algo parecido a una "N" con un sombrero encima y una "M" invertida, y diez símbolos árabes agrupados en un cuadrado de uso desconocido. Sobraban muchas teclas. Demasiadas para ser lógico. Empujó la puerta: abierta. De la cerradura cayeron virutas de metal descongelado, sólo trozos de acero fragmentado. Evidentemente, algo se había jodido en el complejo, algo que le gustaría poder racionalizar.

-¡Doctor Genden! ¿Está usted aquí?
-Entra, Marta.- Él se encontraba al otro lado de la sala, de espaldas, con la mirada fija en el cielo, observable a través del enorme ventanal de plastimetal. Marta se acercó al carismático científico y colocó su mano sobre el bien formado hombro, un gesto ambiguo de amistad y comprensión. U otra de sus jugadas maestras.
-¿Qué ha ocurrido, Doctor Genden?
-Mira. Allí arriba.- Apuntó hacia la dirección en la cual miraba. Al otro lado del amplio ventanal semicircular tintado, bastante alejado del cenit, como un lucero matinal, había una nueva estrella.
Su brillo era considerable. No era el de un planeta, ni el de un satélite, ni el de una nueva arma atmosférica. Era una estrella, un nuevo sol lo suficientemente cercano y potente como para ser observado a simple vista, lo suficientemente lejano como para no influír en el clima de la Tierra. ¿O ya lo había hecho?
-¿Cómo ha aparecido esa estrella, por todos los dioses?
-Creo que es Júpiter. Creo que ya no es un planeta.-
Marta se recreó brevemente en la idea. Reportera de un cataclismo estelar.
-¿Ha encontrado alguna razón para lo que me acaba de pasar? Lo de la cortina blanca...
-Ya lo he pensado. Todo.- Señaló al punto luminoso. Marta hizo una mueca, no le importaba la nueva estrella. Iba a interrumpirlo, pero por alguna extraña razón se detuvo.- Ésa sería la posición actual de Júpiter a esta hora, si fuese visible. Coincide casi al milímetro, he estado mucho tiempo aquí, me conozco este cielo como la palma de mi mano. Ningún planeta hace sombra a esa nueva estrella, si Júpiter, el planeta que conocemos, estuviese allá arriba, hoy sería el día de "eclipse". Una pena que no dispongamos de mi instrumental.
Marta echó un vistazo al laboratorio. Los artefactos eran similares, pero a su vez, radicalmente distintos. El material conque estaba fabricado todo era de color azul oscuro, titanio, tal vez, pintado a ratos en amarillo, en vez del tradicional acero plateado, marcado en rojo. En principio pensó que era un efecto de la luz, pero parece ser que estaba equivocada. Además, todos los diseños tenían un cierto aire de gótico, destartalado o incluso...mal acabado. Todo lo opuesto a la perfecta funcionalidad, sencillez y limpieza del Doctor Genden, su pesadilla. Y no era solo éso, faltaba algo importante, algo imprescindible, que no conseguía recordar. Como respondiendo a la mirada inquisidora de la periodista por todo el laboratorio, el científico frustrado habló:
-¿No notas nada extraño?¿No falta algo imprescindible en este laboratorio?
Los ojos de Marta volaron por todo el perímetro. Una histeria empezaba a invadirla. Tantos cambios sin motivo aparente, las raras preguntas del Doctor... quizá el cataclismo producido por la implosión de Júpiter sacudió incluso la consistencia de la realidad, deformándola como un rayo de luz es despedazado en su espectro al pasar por un prisma. Era horrible la idea de haber dividido tu esencia en siete partes, los siete colores de la luz blanca, siete realidades caóticamente discordantes que acabarían colapsando en una vorágine de locura. ¿O se difractarían hasta no existir? ¿Estaban viviendo un falso tiempo, alargando antinaturalmente el período de vida que les quedaba hasta ser difuminados, transformados totalmente en energía?
-Los generadores de fusión. No están. ¿Los has retirado porque has desistido en tus experimentos? Espera. ¿Qué son ésas enormes máquinas de ahí?
-No lo sé. Dímelo tú.- Dijo él, con una voz extrañamente serena. Al notar que la chica no pensaba abrir la boca, Karl siguió hablando.- ¿Quieres saber lo que ha ocurrido? Algo raro, algo muy raro. Algo que tiene que ver con nuestro cero local absoluto.¿No lo has notado? Cambios sutiles en la base, y otros no tan sutiles. El instrumental parece fabricado con la misma finalidad, la clave de acceso es la misma aunque no la terminal, pero el laboratorio es distinto.. Como una variación de la probabilidad local de existencia de un determinado tipo de materia, o en su ordenación. Eso, junto con lo que he bautizado como "efecto cortina", eso que has experimentado, me lleva a pensar que no estamos en nuestro universo, sino en uno situado en cualquiera de los 64 "cuadrantes" teóricos especulares resultantes de un sistema de 6 dimensiones. Lo cual demuestra mi teoría, ¿no cree, señorita González? ¡He triunfado!- Un extraño brillo inundaba sus ojos. ¿Lágrimas o locura?
-¿Pretende que admita que estamos en otro universo?
-No.Ya se convencerá por sí sola.- Se escucharon metálicos ecos de voces, traídos por la laringe espiral del pasillo, hablando en una lengua extraña.- ¿O tiene usted otra teoría?.- Las voces eran audibles.- Ahora cállese, por una vez en su vida, y déjeme mediar con los extraños. Le traduciré lo que pueda, creo que hablan una versión evolucionada de una lengua bárbara muerta. Germánico. Lo estudié junto con el griego, me fascinan las culturas extintas. ¿Sabe que mi familia fue bárbara? Y la de Ern, nuestro Jefe de Seguridad. Data de tiempos de la Alianza, más de 1000 años. Un árbol genealógico muy ramificado, ¿no? Pero sólo tengo el tronco principal.
Marta no pudo evitar emitir un grito histérico al volverse.
Por la puerta abierta habían entrado tres figuras. La primera se parecía mucho al jefe de seguridad, Ernest Rageroff, vestido con un espartano mono negro isotérmico con un extraño símbolo en el interior del círculo rojo del pecho, una cruz gamada. No lo recordaba como insignia de ninguna Legio, y no sabía qué hacía allí.
Las otras dos son otra historia.
Tenían enormes ojos, cuatro orbes color azabache. De forma transversal a ellos, siguiendo la línea de la columna vertebral, corría un hilillo de apéndices azules, de un grosor algo menor que el de un lápiz, mucho mayor que un pelo, que baja por la ¿nariz? y rodea la boca, un hoyo oscuro con puntiagudos dientes móviles distribuidos en círculo, visibles tras los nerviosos movimientos de flagelos. Su estatura, por una casualidad de la vida, parecía similar a la nuestra, pero no así sus proporciones. Sus piernas, largas y débiles, aparecen cubiertas por una parafernalia tecnológica (¿quizá la gravedad de la tierra tenga la culpa de todo?) que le recordaron a la utilizada para hacer andar a los parapléjicos eventuales.
Sus cuatro brazos parecían rodeados por unas bolsas azules, del mismo color que su piel, llenas de gases, cuya finalidad no conseguía adivinar si era ornamental o funcional. El cuerpo lucía decorado con estéticos retazos de tela y tiras de metal, formando una suerte de arnés o exoesqueleto muy similar a una incompleta armadura medieval.
Rageroff le soltó una rápida ráfaga de palabras en Germánico de las que ella sólo capturó "amigo" y "miedo". Lo que Genden no sabía es que ella era originaria del norte de la Galia, donde el germánico todavía se chapurrea. Desgraciadamente, a Marta no le había dado por estudiarlo, pues sus padres eran ibéricos. Todo lo que entendía lo había aprendido por ósmosis. "Demasiados cambios", dijo él en su tambaleante dialecto.
Una de las criaturas habló. El doctor observó impasible el gesto del alienígena: giró una "costilla" de su traje para poner un adorno circular a la altura de su orificio bucal y movió los flagelos. El sonido que salió del artefacto tenía más similitud con el viento que con una voz humana. Germánico, algo evolucionado pero una lengua humana, al fin y al cabo.
-Tenemoz preguntaz que hazerle, doktor...Genden. Serrá mejorr que nos akompañe a la Zala de Zeguridad. Uzted y eza Zeñorita.- Grotesco acento. Marta emitió una risita. El sibilante tono de voz había oscilado hasta transformarse por instantes en una graciosa voz chillona.
-Vienen de Júpiter, ¿verdad, Ern? Díselo a tu viejo amigo. -El doctor, poco a poco, fue despertando su anquilosado dominio del idioma. Pero no recobraba su seguro tono de voz habitual, lo que delató a Marta su nerviosismo.
-Sí, claro que vienen de Júpiter, Karl. Y no me llamo Ern. Mi nombre es Solosta.- Comentó algo a los alienígenas en un idioma desconocido, parecido al bárbaro.- Hemos llegaaado.- Hizo una desagradable curva con su voz, y, dando un paso de baile, se agarró de la cintura de Marta.- ¿Has olvidado hablar en alemán, Elga? ¿Tan grave ha sido el accidente?
-Peor.¿Qué es el alemán?- Karl solapó con su entrada el grito tímido de Marta. El autodenominado Solosta arqueó una ceja, típico gesto de asombro en Ern, y le contestó divertido.
-La lengua que se habla en los Reinos Nórdicos, principalmente, y el idioma de la Ciencia por excelencia desde hace doscientos años, aproximadamente. ¿Sprechen sie Deustch?.- Soloras mostró sus blancos dientes, tallados hasta ser puntiagudos, similares a los de los...jovianos. Marta emitió otro gemido.- Estás extraña hoy, chica.- Dijo, refiriéndose a Marta, que seguía haciéndose la ignorante. Entendía, pero no se atrevería a hablar.- Poco... charlatana.

La extraña comitiva salió del laboratorio con la discordante pareja en cabeza. Soloras cantaba en esa jerga evolucionada, agarrando de la cintura a la pasiva chica. Karl intentaba mostrarse lo más natural posible, mientras que era escoltado por dos criaturas semitransparentes procedentes de una luna muerta en órbita a un gigante gaseoso. Marta no parecía ella. Hacía esfuerzos por no mirar a nadie, intentando que el mundo se olvidase de su existencia para actuar. Mientras, meditaba sobre lo ocurrido.

-Acabemos con este mero formulismo. Hemos llegado.
Un joviano pulsó con sus...dedos un puñado de teclas de la extraña consola sobrante en ellas y la puerta se abrió con un silbido. La sala de reuniones parecía igual que siempre, a no ser por detalles de la decoración tales como la presencia de unos pequeños platitos con muescas frente a cada silla o la ausencia de altavoces visibles, al fondo, junto a la pantalla. Marta y Karl entraron detrás del alienígena, y tras ellos penetraron Solosta y el otro extraterrestre. Todos se sentaron en silencio en sitios enfrentados. Entonces sonó un clic. La puerta de entrada se había cerrado. O sellado. Solosta-Ern se levantó.
-¿Hace falta que te explique el funcionamiento de la Sala de Juntas, Karl? Bien, veo que sí. Jodidos científicos, siempre especialistas en su campo pero nada duchos en ningún otro. Este artefacto...- pulsó un botón y del centro de la mesa salió un amorfo cacharro lleno de lentes y micrófonos- grabará todo lo que se diga en esta habitación hasta que yo lo diga. Mientras tanto, una representación virtual de la sala y sus integrantes vuela por la Red, es posible que algún personaje importante de los Seis Mundos nos haga una visita, ¡Je!.- de nuevo esos dientes.-No saldremos de aquí hasta que no me expliques qué ha producido esa cortina blanca. Hay quien sospecha que ha sido un intento tuyo de acabar con el Proyecto. Me anticipo a sus teorías,o a tus conatos de plan. Si me matas, no saldrás de aquí con vida. Han pasado cosas muy raras entre estas paredes, así que estoy preparado para lo que me echen. Hable, Herr Doktor Karl Genden.
Marta no despegaba los ojos de los alienígenas, en un silencio forzado por su ignorancia lingüística. Siempre se las había arreglado con el latín, y ahora le venían con ésto.
Karl contó, lo mejor que pudo, su teoría de los 64 universos sectoriales en un alemán vacilante, lleno de términos latinos a los cuales su amigo no parecía hacerles asco. Sin embargo, la expresión de los alienígenas (si es posible interpretar un rostro de ese tipo) tembló en un gesto que muy bien podía significar desconfianza. No obstante, no lo interrumpieron, sino que lo dejaron tropezar con su pronunciación una y otra vez, conteniendo a Solosta en cada una de sus salidas ingeniosas sobre la disminución de las capacidades lingüísticas de el Gran Científico Karl Genden, Twan Mirk nombre joviano, uno de los pocos humanos que había estudiado en el Mundo Santo de Europa.
Al final de su entrecortado y dubitativo soliloquio se hizo el silencio en la sala. Solosta-Ern sudaba copiosamente a pesar de que no hacía calor en la sala, y los dos jovianos parecían tranquilos. Uno de ellos dijo:
-Solosta, déjalos salir de la sala. Son inocentes. Dicen la verdad.
El jefe de seguridad, empapado en sudor, como un papagallo o un autómata repitió:
-Dicen la verdad. Ordenador, déjanos salir.
Y la puerta hacia la libertad se abrió. Un joviano (¿hablaba siempre el mismo y él no se había dado cuenta?) los retuvo hasta que Solosta dejó la sala. Después les dijo:
-Doktor, Elga, acompáñennos. Debemos discutir detalles de su explicación científica.

-Creo que usted, señorita Elga, necesitará esto.
Marta entendió eso último. Con una de sus múltiples manos de siete dedos finos como escalpelos abrió un cajón bajo la mesa de conferencias-interrogatorios. De él sacó un extraño pero sencillo artefacto, una especie de auriculares con micrófono móvil similar al utilizado por ellos. Se puso el que le ofrecieron. Karl dudó un poco.
-No tenga miedo, Doktor. No va a afectar a su mente. Sólo facilitará la comunicación entre nosotros, le evitará tener que pensar cada vez que habla. Es un simple traductor multilingüístico portátil. La única molestia que notará será una cierta cacofonía idiomática al principio. Una vez le coja el truco, descubrirá que es una maravilla tecnológica.
-Controlásteis a Solosta, ¿verdad?- Genden no parecía nervioso ante la idea.
-Sí. No lo hacemos a menudo. Era necesario, si no lo hubiéramos hecho seguramente ahora estarías encarcelados, retenidos como espías del Bloque Comunista. Lo cual no nos interesa, si es usted quien dice ser, dado que se acerca una nueva Guerra, más devastadora que la anterior. Solosta es eficaz en su trabajo, pero incapaz de romper la ley por el bien del conocimiento.- Siguió hablando, con idéntico tono y sin división de continuidad, su compañero:
-Además, tiene los pies demasiado anclados en tierra como para creer en universos especulares. Nosotros sí contemplamos esa posibilidad. Háblame de tu universo, científico.
-¿Qué queréis saber?
-Todo lo que consideres importante: empezando por tu nombre allí hasta los acontecimientos relevantes de vuestra historia. Vuestras leyes físicas y políticas. El año de Contacto y la forma.- Caminando por los pasillos llegaron a lo que podría ser o un gigantesco invernadero, o un jardín. El suelo dejó de ser metálico para convertirse en tierra, y ésta poco a poco se cubrió de un poderoso césped azul, que no se tronchaba al pisarlo. Clorofila sintética, quizá, o un derivado similar. Una piedra ocupaba el centro casi geométrico de la luminosa sala. Detrás de ella, unos bancos escalonados tallados en el basalto los esperaban.- Aquí nos quedamos. No nos molestará nadie, es zona diplomática. Empezad a hablar, humanos.
Karl Genden tomó aire. Éste tenía una composición extraña, era como más ligero, pero no olía raro ni nada así. Se dispuso a comenzar su charla con esa misma bocanada.

-Mi nombre es Karl Genden. Soy científico. Nací el 12 de Augusto del 2670 después de la fundación de Roma en Berlinum, Berlín, en la próspera provincia de la Germania. Me gradué en Física Fundamental "cum laude" unos 20 años después, sobre Juno. En Septiembre empecé mis investigaciones en las especialidades de Cuántica y Termología, estudios que finalicé por falta de medios en el 99. Abordé otras ramas, Mecánica y Electrónica, por sugerencia de un amigo. Pensaba que podía conseguir el Nobel. ¡Ja! Me he presentado tres veces, la primera perdí y las otras dos me pisaron la idea dos jodidas Megacorporaciones gracias a jodidos hackers. Entonces me ofrecieron la beca de investigación en la Provincia Antarctica. Querían obtener energía de las singularidades cuánticas, ¡imagínate!, y me permitían diseñar por completo (supervisado por arquitectos y economistas, por supuesto) toda la estación científica. Así lo hice, pero enfocándola además hacia el estudio probabilístico de la existencia de un espacio hexadimensional, un espacio al que yo había llamado espacio gendeniano. Cumplí con los requerimientos iniciales y me permitieron seguir investigando en esa rama no definida de la física a la que yo llamo mecánica unificada o hexadimensional. Luego vino el accidente que acabó con mi teoría. Porque no consigo explicarme cómo puede existir un equivalente mío en un cuadrante distinto del universo, o porqué este cuadrante se parece tanto al mío. Por ejemplo, ¿por qué a mi Ern me llamó por mi nombre y a Marta no? ¿He cambiado el universo con un experimento fallido? Lo dudo. Me gustaría contar con más información para poder elaborar una nueva teoría que explique esta realidad especular.
-Haremos lo posible por facilitarle todo lo que nos pida, doctor Genden.
Marta se revolvía en su asiento de piedra. No había pronunciado palabra desde que vio a los jovianos, y nadie parecía increparla. Así que cuando abrió la boca por primera vez en muchas horas, todo el mundo la escuchó.
-¿Cómo era?- dijo.
-¿Cómo era quién?- contestó el alienígena.
-Mi "yo" de esta realidad. Elga.
-Frívola, superficial, libidinosa...y no le gustaban los gaac.
-¿Jaak?- la chica se esmeraba en pronunciar el sonido alienígena.
-Gaac. Sonido oclusivo labial, por favor. Más suave. ¿Cómo llaman a los nuestros en su mundo?- Marta se paralizó, abrió los ojos como platos y miró a Genden pidiendo ayuda.
-No existe nada parecido a ustedes en nuestro "cuadrante".- Una retahíla de sonidos sin traducir llenaron los oídos de los humanos. Los jovianos estaban exhaltados, se les veía extraños, como dos peces dando coletazos fuera del agua. Karl se dio cuenta, por primera vez, de que eran criaturas con mentes inteligentes totalmente distintas a la nuestra, con sentidos muy diferentes de los nuestros. Quizá gozasen de más. O de otros equivalentes, como ciegos que sienten la música pero no la oyen. Por lo que sabía, su mente era mucho más poderosa, capaz de detener el raciocinio de un humano. ¿Capaz de esclavizarlo? ¿Seguiría en este cuadrante vigente la esclavitud?
-Siga, doctor Genden. Perdone nuestra sorpresa. Háblenos de Júpiter.
-Júpiter, en mi universo, es junto con Saturno la joya del Sistema Solar. Un gigante gaseoso de colores vivos, una estrella fallida rodeada de una cohorte de fallidos planetas. Se ha especulado sobre qué habría pasado si en Júpiter se hubiese generado la fisión nuclear. Ya sabemos la realidad.- Ruidos intraducibles de nuevo. ¿Risas?
-Entonces, su universo no es especular. Es distinto. En principio pensamos que ustedes eran de nuestro futuro, pues la fecha actual humana es 2054, pero eso no es posible si Júpiter es un planeta en el 2707. Se podría transformar una planeta en una estrella, pero es técnicamente imposible hacer lo contrario. Además, sabemos científicamente que Europa, nuestro mundo, es tan viejo, si no más, como la Tierra, y la vida tiene incluso más antigüedad.
-Lo cual nos lleva al problema de origen.¿Cómo diablos se explican ambas realidades? Porque, si no es especular el modelo, entonces es múltiple. ¿Alguna teoría?
-Yo tengo una.- Marta dudó unos instantes. No confiaba en la buena voluntad de los jovianos. Pero sí en Karl, y quería que él le diese su opinión sobre la teoría que ella había estado fermentando en su mente desde que vio la consola con teclas de más.- Me hablaste del cero absoluto, Karl, y de tu aspiración de alcanzarlo y aislarlo. Como periodista científica, conozco el tema, y sé que el cero absoluto es el resutado de extrapolar unas curvas experimentales hasta un punto de corte común. Pero...¿y si muy cerca de ése punto, tan cerca que no se ha detectado, dichas curvas viran totalmente y se dirigen hacia el infinito? No tendríamos un punto, suno una infinitud de discontinuidades. Una "plano de cero absoluto". Especulemos sobre el particular. ¿Qué hay detrás de esa barrera? Nuevas leyes físicas, diría uno. Nada, diría otro. Átomos congelados, diría el siguiente. ¿Y si lo que existe es otra barrera, la barrera de la curva por el lado de las altas temperaturas ?. Sí, estoy hablando de temperaturas infinitas, de estados de energía pura. Cuando Ernest me llamó pensé en curvas circulares, como coger el folio y enrollarlo de forma que la curva forme un anillo. Pero cuando aparecieron los jovianos cambié de opinión e hice una cadena en vez de un anillo. O una cuerda infinita. ¿Por qué detras del cero absoluto las moléculas se deben orientar como lo hacían delante? El estado de energía pura puede degenerar como le apetezca, creando un millar, o un millón, de universos de probabilidad casi total. Un trillón de universos paralelos, una infinitud de tierras, algunas muertas, otras con dinosaurios, y otras tan parecidas a la nuestra que no podríamos distinguirlas excepto a nivel molecular. Recuerda, Karl, el experimento Pound-Purcell-Ramsley. Siguiendo la teoría cinética invirtieron el spin magnético de una serie de átomos. Cambiaron de posición todos los electrones. Reordenando todos los átomos, tienes un nuevo cuerpo. Y extende éso a un Universo. Tu accidente con el cero local creó una onda, una irregularidad en la trama tridimensional, una pared de cero absoluto que nos mandó a este universo. Yo la salté, ¿y tú, Karl?- Él asintió con la cabeza.- Quién sabe qué nos habría pasado si no lo hubiéramos hecho. Criogenizados, desintegrados...recuerdo los charcos del pasillo. ¿No es así como queda una persona después de ser congelada y descongelada lentamente, un charco orgánico? Dímelo, has hecho experimentos con ello.-
La cara del científico hablaba por sí sola.
-Sí. Sólo espero que la onda de cero absoluto se amortigüe en el espacio y en el tiempo como toda onda normal. Por fortuna, estamos solos en kilómetros a la redonda.
-Estamos solos en un universo desconocido, Karl.- Sonrió para sus adentros.
-Sí, Marta. Solos, con la certeza terrible de que no volveremos al nuestro.
-No si nosotros podemos solucionarlo. Mi nombre es H'yal. Y el suyo G'eel. Es mi complementario. El doctor Twan Mirk fue un gran amigo nuestro, colaborábamos con él, estaremos encantados de ayudar a un equivalente suyo. Quizá, con suerte, logremos recuperarlo.- H'eel usó por primera vez la laringe artificial:
-No deben de decir nuestros nombres en público. En mi mundo, dar el auténtico nombre a otra criatura es un símbolo de confianza extrema.- Su voz sonaba rancia, como procedente de centenares de años en el pasado.- No me gusta demasiado hablar, pero a veces hay que hacerlo.

* * * III * * *
-Aquí está el equipo del Doctor Twan Mirk. Nosotros le traduciremos lo que necesite, pero creo que el alfabeto es el mismo. Espero que no tenga dificultades en hacerlo funcionar, la finalidad de su experimento era similar a la suya.- Karl correteaba por aquí y por allá, tocando tal o cual panel luminoso, examinando este o aquel indicador digital.
-Necesitaré aprender la numeración arábica.
-No será necesario. Nosotros le daremos las lecturas.
-¿Están seguros? Es muy peligroso.
-Saltaremos con usted, doctor Genden. Sentimos curiosidad por ver el aspecto que tiene nuestra estrella en su mundo. Nuestra filosofía de la vida nos dice: "Llega donde ningún gaac ha llegado jamás. El conocimiento es el mayor tesoro, y el aburrimiento el peor enemigo" Tomamos tierra con la primera expedición, hace 250 años. En pleno Renacimiento. Al principio, nos creyeron demonios, después, dirigimos a los humanos en su despertar tecnológico: les dimos pistas matemáticas, energéticas y metalúrgicas, les construímos ciudades en otras lunas. Todo nos parecía nuevo por aquel entonces, pero ahora nos aburre. Nuestros compañeros ya lo saben, y planean un viaje a Beta Pictoris, donde dicen han encontrado sombras de planetas. Nosotros preferimos estudiar otras dimensiones. Viajaremos con usted. No puede impedirlo.
-Está bien. Allá ustedes, cuadrúmanos inteligentes. Que nuestro Imperio, ahora Liga de Continentes, tenga milenios de historia no significa que esté exento de fallos. Si quieren enfrentarse con una posible intolerancia racial, con la falsa paz de Africa, la atmósfera insana de las megápolis de nuestra América, llenas de guerillas raciales entre indios, romanos y vikingos o con el monopolio comercial de Asia, máxima productora de alimentos, vengan conmigo. Espero que a nuestra Tierra, o a la que sea, le hagan tanto bien como parece que le han hecho a ésta. -Genden hizo una pausa dramática, y miró su reloj de pulsera.- Saldremos en cinco minutos. Cuando recoja algunos objetos útiles, por si el salto no es acertado. Ustedes deberían de hacer lo mismo. Marta, será mejor que te busques un mono adiabático.
Ella cayó en que seguía llevando ropa de cama. Se sintió ridícula.
Karl revisó los controles mientras los demás correteaban agarrando diversos objetos: una brújula, un bolígrafo y una libreta de papel, un termómetro digital, un soldador láser, un multiuso .Aparentemente todo estaba como cuando se produjo el accidente. Para asegurarse de que el tejido de la realidad actual se desgarraba o, al menos, vibraba, aumentó la energía algunos órdenes de magnitud por encima de los valores originarios. Pulsó el interruptor que iniciaba todo el proceso, y se colocó junto con sus tres compañeros detrás de una línea pintada en el suelo que rezaba, escrito en latín "Línea de Salto". Hubo una explosión muda, una conflagación energética, e inmediatamente empezaron a sentir los cambios, como un pájaro migra cuando llega el invierno, ellos supieron que todo saldría bien. Marta habló, en medio del seco y pesado silencio:
-¡Espero que ésto no se convierta en una odisea!
-¡No te garantizo que volvamos a nuestro universo, Marta! ¡Todavía estás a tiempo de quedarte en éste!- le contestó impasible el científico.- Pero me encantaría tenerte a mi lado.
-Iré contigo a donde sea, Karl. Me gustas, y lo sabes.- Bamboleando sus caderas de una manera exagerada, se acercó y lo besó. Fue un beso corto, más cariñoso que lujurioso, la culminación de todas las tensiones generadas entre los dos. Él la miró a los ojos, por primera vez no esquivó su mirada, y Marta le sonrió. Sus ojos grises la traspasaban, parecían querer leerle el alma. No se ruborizaría en un momento como éste.
El ahora radiante científico dibujó una leve sonrisa en sus labios y le devolvió el beso con amor. Después, volvió la mirada al frente y dijo:
-Más tarde seguiremos con ésto.
La pared blanca que Marta vio desde su habitación resultó ser una esfera extendiéndose. Empezaron a tener frío, pero estaban preparados para el asunto. Activaron la calefacción de sus monos adiabáticos. Lentamente, muy lentamente, tuvieron la superficie curva frente a sus ojos. Primero saltó Karl, no sin antes echar una misteriosa mirada al laboratorio de su homólogo. Inmediatamente después, Marta. Los siguieron H'yal y G'eel.
La habitación quedó vacía, y, poco a poco, fue engullida por la esfera de luz lechosa.

FIN