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"Existen otros mundos, pero están
en éste."
El chisme aéreo, un estilizado insecto de metal verde, aterrizó
con mucho aparato en la gran H de nieve coloreada que servía de
heliopuerto desmontable. Tres figuras bajaron de él: los dos
pilotos, claramente identificables gracias al casco de visor
plateado y al uniforme isotermo de las Fuerzas
Intercontinentales, y alguien más, el periodista que Karl Genden
esperaba para acompañarlo en los pasos finales de su
experimento.
Los dos FI ,musculosos, angulares y típicos aseguraron las
puertas del turbocóptero mientras gesticulaban ridículamente
con los guardias de tierra. Cuando pareció acabarse el concurso
de mimos, los pilotos tomaron la dirección que llevaba hacia la
acogedora y siempre animada cantina de la base. El jefe de
seguridad y la tercera persona gesticularon un rato y se
dirigieron hacia el domo plateado, desde donde el científico los
siguió con la mirada hasta que salieron de su campo de visión.
Estaban en el compartimento termoestanco.
El primero en entrar es, como manda el protocolo, Ernest
Rageroff.
-Buenos días, señor Genden.-saludó.
-Muy buenos, señor Rageroff. 50 bajo cero, vientos de 130 nudos
fuera del heliopuerto y tormenta de radiación. La estática
impide la comunicación por radio. El nivel de ozono es casi
nulo. Los vientos no permiten los experimentos que no sean de
laboratorio y la temperatura...
Alguien se mueve tras el rubio jefe de seguridad, esperando
educadamente pasar a primer plano. Ernest parece darse cuanta a
tiempo de su falta de cortesía, y se hace rápidamente a un
lado. La tercera persona es una mujer. Una chica, castaña, de
suaves rasgos noroccidentales, que se coloca junto a él, e,
ignorando los balbuceos de disculpa del veterano, se presenta:
-Buenos días, Doctor Genden. Soy la periodista que pidió.
Su voz recordaba a una de las sintéticas que te invitan a
unirte, por un puñado de créditos, a las Camas Redondas, allá
en la Red. Cálida, bien modulada, excitante y acogedora,
sugerente. Sus ojos son negros. Su...
-¿Qué pasa, se le ha comido la lengua el monstruo del armario?
¿Nunca ha visto una mujer periodista? ¿De qué lugar apartado
de la mano de los dioses llega usted?
-No se sulfure, señorita...-Karl se acercó a su voluptuoso
pecho, donde está prendida la identificación.- González.
Simplemente la estaba valorando externamente. El aspecto externo,
pequeños detalles como el tono de voz o el color de sus
calcetines dicen mucho de un individuo. ¿No ha leído "Una
primera impresión", de Prunk Heffel?
-No.
-Pues debería ser un libro de lectura obligatoria, en especial
para periodistas científicas como usted. Los gestos, por
ejemplo, dicen mucho de una persona- ella abre la boca, dispuesta
a replicar, pero él no le deja- .¿Me permite anticiparme a su
próxima pregunta? Mi primera impresión es que usted es una
chica competente, segura de sus posibilidades, orgullosa de sus
puesto, sistemática y detallista, una mujer a la que le ha
costado subir al lugar en el que está más que a cualquier
hombre. Una mujer que sobrevalora la importancia de su físico en
su carrera profesional. ¿Acierto en algo?- Marta duda unos
instantes, frunce el ceño, rectifica en pocos segundos. La voz
de el científico no era ofensiva, excepto en el contenido semántico.
Y él es guapo, con esa esbelta figura típica de un hombre de
ciencias que se ocupa más de su mente que de su cuerpo. Con el
mismo tono despreocupado y átono de su presentación, dice:
-Me dan igual las conclusiones precipitadas que saque de mí, señor
Genden. Considero una técnica interesante la que usted utiliza
para clasificar de manera rápida a la gente, pero creo que no es
totalmente infalible. Prefiero dar a las personas el beneficio
del tiempo, no creo en los arquetipos psicológicos. Aunque eso
no quiere decir que los adjudique.- Esta vez fue Genden quien
frunció el ceño.- ¿Estoy aceptada?
-Digamos que el turbocóptero es incapaz de despegar con este
tiempo, aún abriendo las trampas de viento. Además, sería una
descortesía que se fuese sin tan siquiera valorar las
instalaciones. El viaje hasta aquí es muy largo.
-Señorita González, bienvenida al Proyecto Artico.- Rageroff
estrechó efusivamente la enguantada mano de la chica y la empujó
delicadamente hacia el túnel de acceso general.
-¿El doctor Karl Genden es siempre así de desconcertante?
-Sí. Tiene un acierto increíble a la hora de poner los puntos
sobre las íes. Y siempre dice la verdad sobre lo que piensa de
tal o cual asunto. Eso puede resultar molesto, incluso para él
mismo, pero para los que trabajamos con el científico, no con la
persona, es de agradecer.
-Menos mal que me dice usted éso, ya me estaba viendo intentando
seducirlo para domarlo.- Marta sonríe fríamente a su acompañante,
que admira sus curvas de reojo. Él le devuelve la sonrisa,
igualmente forzada.- ¿Es difícil trabajar con él, señor
Rageroff?
-Si vamos a vivir juntos, será mejor que empiece a llamarme como
todos, Ern. De Ernest. Respecto a su pregunta, no lo sé: nunca
ha solicitado ningún ayudante bajo mi mando. El Equipo no sabe
en qué está trabajando hasta que nos muestra el experimento
completo. Miedo al espionaje. ¿Sabe que, a sus 35 años, ha sido
nominado tres veces consecutivas para el Nobel, y que las tres
veces le pisaron la idea?
-Sí. Estoy informada.
-Creo que esta vez será la definitiva. Y a usted puede que le
den el Pullitzer. A la derecha. Aquí es. Deme su dedo. Ahora
marque la que será su clave personal: seis valores del uno al
diez, cada uno acompañado de una letra no numeral. No miro.
Presione aquí...Ya está. Su propia suite.
La suite era una habitación modular de las utilizadas para la
colonización de Marte: en primer plano, una mesa multifuncional
pegada a un tabique desmontable, tras el cual se ocultaba el sofá
cama y el equipo multimedia. La unidad GOG había sido sustituída
por un armario, y en el sitio de la ducha había una despensa y
una básica cocina, con cubiertos para tres personas y una pequeña
pila para lavarlos. Marta se paseó por el espacio central en
forma de U, abrió y cerró el sofá un par de veces y encendió
el estéreo. Ponían clásicos de los 90. Puso la calefacción a
tope, se deshizo del pesado mono polar y curioseó en la pequeña
despensa, buscando algún aperitivo antes de la inminente cena.
En el interior, aparte de los habituales comprimidos vitamínicos,
había una hermosa botella de cristal llena de un líquido
incoloro con una nota, escrita a mano, colgando del gollete. Decía:
"Perdone mi hostilidad. Ruego acepte este presente para las
noches frías.
Firmado: Karl Genden. "
Probó el líquido trasparente: era vodzka. Muy fuerte. La larige
y el estómago le ardieron con el primer buche, un
estremecimiento la recorrió al segundo, pero apuró el vaso. El
alcohol le proporcionaba una falsa sensación de seguridad, la
que necesitaba después del largo viaje desde el Cabo de Hornos,
un viaje en el que tuvo que sufrir de acoso sexual aparte de las
inclemencias del tiempo. Semidesnuda y algo más caliente, se
tumbó en la cama y se dejó llevar por la música, recordando
placenteros momentos pasados con Juan, su antigua pareja, allá
en la Vieja Irlanda. Olvídándose de los lujuriosos ojos de Ern,
el jefe de seguridad, o de la engañosa actitud de su nuevo jefe.
¿Cómo demonios había llegado antes que ella a su habitación?
Se despertó con un sonido recalcitrante procediente de la
consola frente a la cama. Una luz parpadeaba, bajo ella, un
indicador: llamada en espera. Se vistió apresuradamente con una
bata de la base y encendió el monitor.
-¿Hola?¿Hay alguien ahí?
-Perdone, señor Genden. Me...-La frase quedó incompleta, muerta
en sus labios, interrumpida por el torrente de palabras del científico.
Marta hizo una mueca.
-Será mejor que se pase por aquí lo antes posible para que ésto
no se repita. Le entregaré los planos de la base, las
instrucciones de su despertador y alguna informacion para que
empiece a redactar su artículo desde el punto de vista de un
investigador, del colaborador. Me enseñará sus conclusiones.
Voy a llevarla por el camino que yo he recorrido, a ver si llega
a mis mismos resultados. Tiene que ganarse su artículo.
Agarró del armario la ropa de trabajo que había, ya que estaría
pensada para la temperatura de la base, y se la puso lo más rápidamente
posible. La ropa era suave y cálida por dentro, como la piel de
un amante, y áspera por fuera. Su color negro no le iba nada, le
parecía fúnebre, pero entendía su funcionalidad si le daba por
perderme en la nieve. Las botas claveteadas, de extraña
manufactura, estaban llenas de refuerzos, orificios y
contrachapados, hechas para ser sólidamente fijadas a raquetas o
a algo parecido. Muy bien pensadas, pero horribles. Le hacían
sentirme un pato con pies de plomo. Cerró la cremallera del mono
adiabático con cierta dificultad puesto que no estaba pensado
para personal femenino (la ausencia del mismo se notaba en la
actitud de los hombres de la base) y salió a los pasillos.
Le costó encontrar la puerta del laboratorio del doctor Genden
entre el laberinto de corredores anulares, pero finalmente dio
con ella. Ahora se enfrentaba a otro dilema: no conocía el
sistema de apertura. Observó la cerradura, idéntica a la de su
cuarto, puso el pulgar en el sitio indicado para ello y sonó un
clic. La puerta se abrió con un sonido hidráulico.
En el interior le esperaba el ambiguo señor Karl Genden,
enfrascado en algo que no conseguía ver, su media melena de
color grisáceo cayéndole sobre los pómulos. Así, sin hablar,
sin soltar palabras hirientes por su increíble boca, incluso
podría considerarlo atractivo.
-¡Ah, por fin está aquí! Llegué a pensar que había huído
con el rabo entre sus piernas debido a mi humor de bienvenida,
que ya estaba de vuelta en Europa. ¿Le asusté con mi pequeño
discurso, y ha estado peleando por cambiar su destino? -Su tono
de voz había cambiado. Ahora parecía más excitado, nervioso,
quizá por algo más que por la adquisición de un nuevo discípulo.
-No. Me quedé dormida.- Pensó por unos instantes en añadir
algo como "me he quedado porque me gusta usted", pero
sin conocerlo en serio esas palabras sólo minarían su imagen de
chica competente, la transformarían en una esclava, la harían
descender de nivel respecto a él. Sería una guerra. Lo miró a
los ojos. Él esquivó su mirada, con cierto desprecio.
-Vamos al grano. Voy a hacerle unas preguntas mientras le muestro
mis instalaciones. ¿Le importa?
-En absoluto, doctor.- El físico empezó a caminar entre la
multitud de mesas llenas de componentes electrónicos, hacia una
puerta al fondo que decía: "Alto secreto. No entrar.",
escrito en grandes caracteres negros sobre fondo rojo. Pulsó la
cerradura y marcó el código velozmente, antes de que la chica
lo memorizase de alguna forma.
-Este es mi laboratorio secreto. Es usted la primera persona que
ve estos aparatos, después de mí, claro. ¿Qué le parecen?
A pocos metros de ella, cerca del centro geométrico del
laboratorio, se elevaban seis columnas plateadas hermosamente
trabajadas que rodeaban a un extraño pero bello aparato central.
-Fantástico. ¿Eso de allí es una batería de generadores de
fusión?
-Sí. Para mis experimentos necesito mucha energía. Seis
generadores en serie que suman en total una potencia de 7 por 10
elevado a 23 Gigavatios. Superior al número de Avogadro.
-¡Fiu! ¡Eso es mucha energía! ¿Está diseñando materiales?
-Mejor aún. Estoy definiendo nuevas propiedades de la materia.
Actualmente trabajo en un nuevo modelo del Universo tal y como lo
conocemos.
-Eso revolucionaría el mundo de la Física.
-No, sólo lo ampliaría. Será comparable al derribo de la teoría
geocéntrica, o de la bóveda celeste fija. Con suerte le pondrán
mi nombre al grado de la nueva escala de temperaturas. -Genden
divagaba, acariciando sus artefactos.-¿Sabes qué es esto?
Karl se detuvo junto al que ocupaba el centro de la sala
circular, del que salían multitud de tubos, raíces de metal e
hilos dorados de telaraña. Cuatro piezas externas parecían
delatarlo como un modelo primitivo de botella magnética, pero
algunos marcadores digitales indicaban valores diferenciales de
presión y temperatura entre los anillos, o quizás de las
paredes. El conjunto parecía no tener finalidad. Pero ella no se
quedaría con la boca cerrada:
-Una gigantesca cámara de vacío rodeada de cíclopeos
inductores octopolares de campo magnético. Una pieza de un viejo
acelerador-colisionador de partículas.
-Más o menos. ¿Sabes lo que es la presión de onda?
-La fuerza que ejerce un paquete de fotones o cualquier corriente
de partículas subatómicas capaces de ser difractadas sobre un
objeto, ¿no?
-Se podría definir así. ¿Qué pasaría si le aplicamos dicha
presión de onda llevada al límite de energía en un objeto
mesoscópico? Utiliza tu inventiva.
-Si eso pudiese hacerse de manera uniforme, la energía
comunicada por el choque de fotones, neutrones o lo que sean
sobre los átomos del pequeño objeto lo harían colapsar sobre sí
mismo hasta formar un gigantesco conglomerado de partículas
fundamentales, una especie de macroátomo...o habría una
diminuta explosión de energía desconocida que transformaría en
plasma todo el instrumental, incluso podría llegar a formarse
una singularidad desnuda.
-En la primera partes de una teoría básicamente cinética,
mientras que en la segunda utilizas el concepto termodinámico de
la disipación del trabajo en forma de calor. La tecera es
inviable. Careces de masa crítica para un colapso decente. Pero
es una curiosa alternativa.
-Sí. Se podría ver así. ¿Está usted haciendo aquí algo de
éso?
-No exactamente. - Karl pareció darse cuenta repentinamente de
algo importante. Se volvió bruscamente y se dirigió a la
puerta. Hizo gestos para que ella lo siguiera.- Ah, antes de
irse, coja un mapa de la base. -Le extendió un papel doblado.-
Quizá le interese saber cómo llegar a la cantina.- La empujó
fuera.- Ahora déjeme, por favor. Tengo que hacer unos cálculos.
Genden no volvió a hablarle del asunto. Marta se fue de su
laboratorio con la desagradable impresión de que había
decepcionado al gran genio, de que metió la mano en el sombrero
de copa pero no sacó el conejo. La fuerte sensación de
inferioridad intelectual provocó que el resto de su visita en
solitario en calidad de corresponsal a las instalaciones fuese de
lo más insulsa: tensómetros, balanzas de precisión,
microscopios atómicos, superconductores... nada realmente
innovador o extraordinario. Pero ella absorvía cada frase como
si fuese oro líquido, e intentaba disgragarla siempre que podía,
buscando significados ocultos, información velada sobre el
experimento del siglo. Intentando sacar lo mejor de su espíritu
periodístico, aprovechar el viaje. Genden la superaba, por
ahora.
Al llegar a su habitación, la frustración le hizo casi
arrancarse el mono isotermo. No visitó las duchas a pesar de que
no se lavaba desde hace dos días, pero es difícil sentirse
sucia en un clima donde la transpiración es casi nula. La
periodista se mojó un poco la cara con agua templada para no
caerse rendida mientras abría su sofá y desnuda, pensando todavía
en el gigantesco artefacto, se enterró entre las sedosas sábanas
y se durmió inmediatamente.
El despertar fue molesto. El estrepitoso timbre de llamada videofónica
no se diferenciaba en nada del de un despertador, y eso lo volvía
igual de odioso. Marta encendió la terminal sin darme cuenta de
que aún estaba desnuda, y lo primero que vio fueron los enormes
ojos de Genden oscilar de su cara a cierta generosa parte de su
anatomía.
-¿He llamado en mal momento?- Genden estaba muy incómodo, no
sabía donde mirar. Marta no ocultó la pantalla, decidida a
despertar, ahora que estaba a salvo, los más bajos instintos del
científico. Seguiría su técnica, observaría sus reacciones.
-No, qué va. Acabo de levantarme. Uaaag.- La chica se desperezó
de la manera más sensual posible, de rodillas, arqueando su
espalda hacia atras, inflando su prominente pecho mientras sus
brazos en jarras tendían a unir sus codos detrás de ella.
-Hmmm. Bien. Acérquese al laboratorio cuando pueda- dijo,
mirando hacia un lado con aire ausente. Karl tenía un bonito
perfil griego. Demonios, cada vez le gustaba más.- Y vístase.
Cualquiera puede estar monitoreándola.
Ella se rió, en secreto, contemplando la pantalla apagada del
comunicador. Había hecho su jugada, y había acertado. En el
futuro, con suerte, y si su ética profesional se lo permitía,
podría seducirlo parar obtener información adicional. Su
instinto le decía que habían cambiado las tornas.
-¿Sabe lo que es el efecto túnel, señorita González?
-Sí. Es el principio que se utiliza en los semiconductores cuánticos.
-Veo que está informada. Naturalmente, conoce el concepto de
Cero Absoluto.
-Naturalmente. El punto que sale de extrapolar ciertas gráficas
de varios gases a volumen constante. El cero inalcanzable de la
escala absoluta Kelvin de temperatura.
-¿Ha meditado sobre sus implicaciones? Buen, déjelo, hágalo
esta noche. Le voy a dar la llave de mi experimento. Es una teoría,
una teoría con la que soñé un día allá por el 2705, hace
unos dos años, cuado me pisaron el tercer Nobel. Una teoría en
principio tan ridícula que no me atreví a comentársela a nadie
hasta que no obtuviese pruebas experimentales de su realidad.
Primero Einstein introdujo al Tiempo como dimensión, y pasó del
espacio euclídeo al einsteniano. Yo he inventado y
"demostrado" el espacio Gendeniano.
"Imagínese que realmente el universo tiene seis
dimensiones, en vez de cuatro como está aceptado hoy en día.
Las tres primeras de dirección, una de tiempo, una de masa y
otra de temperatura. Nunca he tragado el concepto cinético de
temperatura. Yo apuesto porque es una magnitud fundamental, algo
que no se puede definir pero tan real como el moverse adelante y
atrás. Este espacio hexadimensional es capaz de gozar de una mecánica
conjunta, cada dimensión con sus ecuaciones de movimiento
enedimensionales, por ejemplo, usted se puede desplazar en tres
dimensiones moviéndose en una de dirección, una de tiempo y una
de temperatura, por ejemplo. O en un plano, dos de espacio, y una
de tiempo. ¿Me sigue?
Bien. Supongamos una mecánica hexadimensional. No voy a detallársela,
sólo voy a introducirle los conceptos básicos. Usted podría
moverse en la misma dirección en sentido positivo y negativo en
cinco dimensiones, excepto en el tiempo. En el espacio
tridimensional como habitualmente lo hace. En la coordenada Masa,
manejando ecuaciones relativistas. En la coordenada Temperatura,
ecuaciones termodinámicas. Es evidente la relación existente
entre el Volumen de un cuerpo, su masa y su Temperatura. Ya que
tenemos ligadas las seis dimensiones. ¿qué nos queda?
Efectivamente, el balance de energía. Todo el sistema estaría
orientado en torno a un "cero" de energías en fución
del cual se ligarían las demás ecuaciones. Cero cinético y
dimensional. Cero gravitatorio. Todo eso, vamos. En el nuestro,
ese "cero" se encuentra a la altura del cero absoluto.
Primero pensé en "viajar" a través de las coordenadas
másicas, pero éso ya está hecho. Lo hacemos a bajo nivel cada
vez que fisionamos un átomo de uranio, por ejemplo. Después
pensé en alcanzar el cero absoluto, pero para éso necesito una
partícula de masa cero, ya que como sabes en el cero kelvin la
partícula aún posee una cierta energía cinética. Como supondrás,
una partículas de ésas características es indetectable. Y he
descubierto que puedo "engañar" al sistema mediante lo
que yo llamo el Efecto Túnel Térmico, haciendo
"saltar" el cero absoluto a partículas fundamentales
desplazando el cero de energías a las coordenadas negativas de
temperatura, enviando pequeñas cantidades de masa al que yo
llamo Universo Negativo."
-Fantástico. Es una teoría revolucionaria. ¿Ya la ha
demostrado?
-Creo que sí.
-¿Que significa "creo que sí"?
-Que hago desaparecer partículas sin desprendimiento de energías.
Lo que no sé es qué pasa con ellas. Es cuestión de fe, y yo no
se si creer o no creer. Esto es muy distinto a la la experiencia
de Pound, Purcell y Ramsey, porque ellos trabajaban sólo con la
coordenada "temperatura". El suyo es lo que yo denomino
"Proceso Isomásico".
-¿Qué piensa hacer?
-Estoy trabajando en un modelo experimental para objetos mesoscópicos.
Mi objetivo es enviar al Universo Negativo artefactos emisores de
un tamaño de pocos átomos, para que registren básicamente lo
que allí ocurre. Para éso tenía una lanza láser y un
microscopio atómico. Para éso me hice instalar seis reactores
de fusión, porque en vez de cargar energéticamente una partícula
para que engañe nuestro "cero" local, tengo que
hacerlo con multitud de ellas. Quiero mandar una microcámara.
-Lo entiendo. ¿A qué espera para realizar el experimento?
-Hay muchas variables indefinidas, como usted comprenderá. No sé
si el universo negativo teorizado ya en el siglo pasado es real,
ya que si lo fuese tendría unas leyes de la física
"especulares", es decir, los rozamientos producirían
trabajo y las máquinas de Carnot superarían su propio
rendimiento, por ejemplo. Quizá incluso el tiempo discurra en
dirección contraria a la nuestra. No me gusta éso de jugar con
estos niveles de energía sin conocer con seguridad lo que va a
ocurrir. Es como ir a ciegas.
-¿Cómo cree usted que ha avanzado la ciencia, doctor Genden? ¿Cree
que Galileo, Newton, Einstein o Heffel se lo encontraron todo
hecho? Algunos incluso experimentaron con su cuerpo, a falta de
material mejor.
-Estamos hablando de la frontera entre la teoría y la práctica.
Ellos eran principalmente teóricos. ¿Debería dejar mi hipótesis
incompleta?
-No, Karl. No dejes que otro te vuelva a fastidiar el galardón
que te mereces.
-Está bien, Marta. Seguiré adelante. Acompáñame, acabaremos
ahora.
* Borrador del artículo inconcluso "Aplicaciones del Efecto
Túnel Térmico", de Marta González, encargado por la
revista "Observateur". Antártida, 15 de Septiembre de
2707.*
La práctica del salto térmico resultó ser mucho más simple
que la teoría, y a la vez mucho más intuitiva debida a la gran
cantidad de aproximaciones. Karl cogió el artefacto, fabricado
con superconductores a temperatura ambiente (-20º C) y lo dejó
caer desde arriba en el centro de la esfera octopolar activa, en
la cual éste flotaría. Una vez se amortiguó la vibración, más
o menos cuando se observaba visualmente que el diminuto objeto no
se movía, extrajo el máximo calor posible mediante métodos
diversos (primero enfriamiento tradicional y después magnético),
que rebajaron la temperatura hasta décimas de Kelvin y evaluó
mediante una prueba la calidad de recepción de la señal de baja
energía.
Entonces aumentó la presión de onda desde los valores del
espectro visible a la presión calculada para la masa en cuestión
en el mínimo tiempo (pedirle a Karl los datos concretos), y se
produjo el salto. El efecto fue un resplandor muy parecido al de
una explosión termonuclear ,pero de una duración de
microsegundos, producido por el pico de energía. El doctor
Genden, al parecer no demasiado contento con el espectáculo,
consideró necesario ofrecer algunas explicaciones:
-Lo realmente complicado del asunto son los cálculos matemáticos,
asuntos como el coste total de energía para colocar las microcámaras
en condiciones de Universo Negativo. Cuando se trata con objetos
mesoscópicos como la batería de microcámaras, las diversas
aproximaciones (conductividad térmica mínima, número máximo
de moléculas...) procedientes del análisis dimensional generan
un porcentaje de incertidumbre del 45%.
Así que, cuando después del fogonazo producido por la masiva
descarga de energía radiada nada apareció en todos los
monitores, Genden no pudo evitar gritar un "hurra", de
pura alegría. El salto había tenido éxito.
*Fin del archivo*
-¿Se acabó?
-Sí. ¿Decepcionada?
-No. Llena de preguntas. ¿Qué ha pasado con las cámaras?
-Han "saltado" al universo negativo. Lo que no entiendo
es por qué no emiten, lo había previsto en mi teoría. Recibiríamos
una imagen "en negativo" de la botella, pero la tendríamos.
-Entonces, ¿las cámaras están ahí o no están ahí?
-¿Quién sabe? Quizá hayan transformado toda su materia en
temperatura, quizá en tiempo. Igual que un punto en una dimensión
espacial, nuestro objeto puede haberse visto impulsado a tomar
tres coordenadas nuevas, ¿Tiempo, masa negativa y temperatura?
-Claro. Sin dimensiones de espacio. El experimento no ha servido
para demostrar nada, si ahí hubiese una singularidad como ésa
ya habría vuelto locos los aparatos.
-Te equivocas. El efecto túnel ha funcionado, tú lo has visto
en los visores.
-Yo he visto cómo la imagen se distorsionaba, quizá como
consecuencia de la estática, y un enorme resplandor.
-Y una mierda!- Era la primera vez que oía a su jefe hablar así,
como un vulgar legionario. Una faceta incontrolada, una brecha en
su correcta personalidad de culto hombre de ciencias.- ¡Las cámaras
han saltado!
-Si usted lo dice...
Marta se fue, dejando al científico intentando sacar algo en
limpio del ruido de fondo del experimento. Ella podría escribir
una noticia, sí, sobre el fracaso del método experimental
frente a una aparentemente perfecta teoría, o sobre el derroche
del dinero dedicado a la investigación por culpa de negligencias
administrativas. Pero eso sería mañana. Hoy le daría el
beneficio de la duda, redactaría los hechos, no dejaría el
archivo impregnado por sus opiniones personales. Quizá entre
toda esa basura estática su querido doctor encuentre algo
realmente interesante.
Despertó a media noche. Ocurría algo extraño, se escuchaba un
zumbido, una vibración que se acercaba. Como el ruido sordo de
un ligero terremoto, como cuando pones los bafles a tope. Debajo
de la puerta se veía una luz, cada vez más intensa, que acabó
por colarse en la suite. Era como una niebla, una niebla fría y
levemente luminosa que tendía a cubrir superficies, a
envolverlas con un manto helado. Se puso algo de ropa. Ahora,
toda la pared de la puerta brillaba de manera fantasmal, como el
fulgor de la escarcha al amanecer, y el resplandor se extendía
lentamente, acaparando poco a poco todo el volumen de su pequeño
cubículo. Tocó la mesa de metal, y un escalofrío le subió por
el brazo y le hizo arquear la espalda. Los dedos casi se le pegan
a la superficie, le recordaba a ese frío externo que sería
capaz de quebrar el acero. La temperatura de la sala había
bajado drásticamente a niveles inferiores al punto de congelación.
¿Qué era aquello?
Marta se abrigó como pudo con mantas, bata y ropa de abrigo y se
apretó contra la pared, acorralada como la víctima en un cul de
sac. La cortina de luz seguía acercándose más, misteriosa e
implacablemente, despacio, seduciéndola con naturaleza
ultraterrena. Encendió la terminal: estática. Sonrió, le
recordaba a las transmisiones de las cámaras del experimento.
Debía de ser algo muy gordo si impedía las comunicaciones
internas, no una simple ola de intenso frío, un vulgar gradiente
de temperatura. Observó sus blancos nudillos, intentó mover los
dedos ateridos por el frío. El aire le cortaba en la nariz, lo
notaba penetrar en su garganta como un río de cuchillas, como
esquirlas de cristal. Venció el miedo, sacó fuerzas de
flaqueza, abandonó las mantas y saltó hacia la pared fantasmal.
Si iba a ser desintegrada, o congelada, que fuese rápidamente.
* * * II * * *
No pasó nada. Marta vio la cortina lechosa tras de ella, tan
extraña como inofensiva, y recordó una marea de sensaciones. Frío
intenso, glacial, tanto que parecía que con un golpe sus moléculas
caerían en un montón al suelo, como canicas de una escultura
magnética, y después calor, una sensación de transporte
violento,una ligera descarga eléctrica y luego frío de nuevo.
Todo eso en nanosegundos. Parecido a que te reprogramasen los
sentidos cutáneos, esto es, te los inviertan, o como si
atravesases rápidamente un espeso muro de gelatina congelada.
Nada de éso lo había experimentado antes. Resultó
desagradable, pero no doloroso. Extraño para este sitio.
Su habitación estaba ahora cubierta de escarcha, como algo que
sale de un frigorífico barato, derritiéndose lentamente. Del
suelo se levantaba una niebla ligera, espesa, que le recordó a
aquella vez que trató con oxígeno líquido. Algo hervía en el
suelo. El aire era puro, parecía nuevo, quizá enrarecido por el
frío. Probó a abrir su puerta, que cedió sin dificultad, como
si nada la mantuviese cerrada, como un mero formulismo
intrascendente. El cierre electrónico ya no funcionaba. Salió
de su cuarto humeante al túnel circular.
Insconcientemente, mientras su espíritu periodístico intentaba
sacar partido del suceso, ella había tomado el camino al
laboratorio Genden. Sólo en él podría confiar. Ern Rageroff,
el jefe de seguridad, parecía preocuparse más de preservar su
cuerpo que de la seguridad de la base, uno de esos tíos que
mienten para ocultar el deficiente rendimiento de sus jornadas.
Analizó lo sucedido, debería de poder contar lo que le había
pasado si quería aclarar los hechos: esa niebla parecía
inteligente, como un complicado dispositivo de ataque sistemático
que cubre o escanéa toda la zona antes de elegir a su presa.
Como en las pelis de ciencia ficción.
Vagaba por los pasillos.
Hacía calor, de repente. Su piel estaba loca. Se quitó la
gruesa bata, quedándose sólo con un pijama de invierno y las
acogedoras zapatillas, y se increpó por ser tan miedosa. Decidió
volver a su habitación, acostarse y quizá mañana meditar sobre
lo ocurrido. Podría haber sido un mal sueño, o consecuencia de
la temporal avería del sistema de calefacción. Incluso puede
que el fenómeno sea común, tan común como las nieblas
matutinas. Al fin y al cabo, esta era su primera noche en la
base. Mañana hablaría con alguien, sí, mañana. De todas
formas si los habían atacado no tenían ni la más remota
posibilidad contra gente capaz de manejar tal tecnología
militar.
Dio con una puerta con la inscripción "Laboratorio del
Doctor Genden". La reconocía, estaba segura, pero algo no
encajaba. ¿Habían cambiado la consola de entrada? Extraños
caracteres en el teclado alfavalórico. Dos letras nuevas, algo
parecido a una "N" con un sombrero encima y una
"M" invertida, y diez símbolos árabes agrupados en un
cuadrado de uso desconocido. Sobraban muchas teclas. Demasiadas
para ser lógico. Empujó la puerta: abierta. De la cerradura
cayeron virutas de metal descongelado, sólo trozos de acero
fragmentado. Evidentemente, algo se había jodido en el complejo,
algo que le gustaría poder racionalizar.
-¡Doctor Genden! ¿Está usted aquí?
-Entra, Marta.- Él se encontraba al otro lado de la sala, de
espaldas, con la mirada fija en el cielo, observable a través
del enorme ventanal de plastimetal. Marta se acercó al carismático
científico y colocó su mano sobre el bien formado hombro, un
gesto ambiguo de amistad y comprensión. U otra de sus jugadas
maestras.
-¿Qué ha ocurrido, Doctor Genden?
-Mira. Allí arriba.- Apuntó hacia la dirección en la cual
miraba. Al otro lado del amplio ventanal semicircular tintado,
bastante alejado del cenit, como un lucero matinal, había una
nueva estrella.
Su brillo era considerable. No era el de un planeta, ni el de un
satélite, ni el de una nueva arma atmosférica. Era una
estrella, un nuevo sol lo suficientemente cercano y potente como
para ser observado a simple vista, lo suficientemente lejano como
para no influír en el clima de la Tierra. ¿O ya lo había
hecho?
-¿Cómo ha aparecido esa estrella, por todos los dioses?
-Creo que es Júpiter. Creo que ya no es un planeta.-
Marta se recreó brevemente en la idea. Reportera de un
cataclismo estelar.
-¿Ha encontrado alguna razón para lo que me acaba de pasar? Lo
de la cortina blanca...
-Ya lo he pensado. Todo.- Señaló al punto luminoso. Marta hizo
una mueca, no le importaba la nueva estrella. Iba a
interrumpirlo, pero por alguna extraña razón se detuvo.- Ésa
sería la posición actual de Júpiter a esta hora, si fuese
visible. Coincide casi al milímetro, he estado mucho tiempo aquí,
me conozco este cielo como la palma de mi mano. Ningún planeta
hace sombra a esa nueva estrella, si Júpiter, el planeta que
conocemos, estuviese allá arriba, hoy sería el día de
"eclipse". Una pena que no dispongamos de mi
instrumental.
Marta echó un vistazo al laboratorio. Los artefactos eran
similares, pero a su vez, radicalmente distintos. El material
conque estaba fabricado todo era de color azul oscuro, titanio,
tal vez, pintado a ratos en amarillo, en vez del tradicional
acero plateado, marcado en rojo. En principio pensó que era un
efecto de la luz, pero parece ser que estaba equivocada. Además,
todos los diseños tenían un cierto aire de gótico,
destartalado o incluso...mal acabado. Todo lo opuesto a la
perfecta funcionalidad, sencillez y limpieza del Doctor Genden,
su pesadilla. Y no era solo éso, faltaba algo importante, algo
imprescindible, que no conseguía recordar. Como respondiendo a
la mirada inquisidora de la periodista por todo el laboratorio,
el científico frustrado habló:
-¿No notas nada extraño?¿No falta algo imprescindible en este
laboratorio?
Los ojos de Marta volaron por todo el perímetro. Una histeria
empezaba a invadirla. Tantos cambios sin motivo aparente, las
raras preguntas del Doctor... quizá el cataclismo producido por
la implosión de Júpiter sacudió incluso la consistencia de la
realidad, deformándola como un rayo de luz es despedazado en su
espectro al pasar por un prisma. Era horrible la idea de haber
dividido tu esencia en siete partes, los siete colores de la luz
blanca, siete realidades caóticamente discordantes que acabarían
colapsando en una vorágine de locura. ¿O se difractarían hasta
no existir? ¿Estaban viviendo un falso tiempo, alargando
antinaturalmente el período de vida que les quedaba hasta ser
difuminados, transformados totalmente en energía?
-Los generadores de fusión. No están. ¿Los has retirado porque
has desistido en tus experimentos? Espera. ¿Qué son ésas
enormes máquinas de ahí?
-No lo sé. Dímelo tú.- Dijo él, con una voz extrañamente
serena. Al notar que la chica no pensaba abrir la boca, Karl
siguió hablando.- ¿Quieres saber lo que ha ocurrido? Algo raro,
algo muy raro. Algo que tiene que ver con nuestro cero local
absoluto.¿No lo has notado? Cambios sutiles en la base, y otros
no tan sutiles. El instrumental parece fabricado con la misma
finalidad, la clave de acceso es la misma aunque no la terminal,
pero el laboratorio es distinto.. Como una variación de la
probabilidad local de existencia de un determinado tipo de
materia, o en su ordenación. Eso, junto con lo que he bautizado
como "efecto cortina", eso que has experimentado, me
lleva a pensar que no estamos en nuestro universo, sino en uno
situado en cualquiera de los 64 "cuadrantes" teóricos
especulares resultantes de un sistema de 6 dimensiones. Lo cual
demuestra mi teoría, ¿no cree, señorita González? ¡He
triunfado!- Un extraño brillo inundaba sus ojos. ¿Lágrimas o
locura?
-¿Pretende que admita que estamos en otro universo?
-No.Ya se convencerá por sí sola.- Se escucharon metálicos
ecos de voces, traídos por la laringe espiral del pasillo,
hablando en una lengua extraña.- ¿O tiene usted otra teoría?.-
Las voces eran audibles.- Ahora cállese, por una vez en su vida,
y déjeme mediar con los extraños. Le traduciré lo que pueda,
creo que hablan una versión evolucionada de una lengua bárbara
muerta. Germánico. Lo estudié junto con el griego, me fascinan
las culturas extintas. ¿Sabe que mi familia fue bárbara? Y la
de Ern, nuestro Jefe de Seguridad. Data de tiempos de la Alianza,
más de 1000 años. Un árbol genealógico muy ramificado, ¿no?
Pero sólo tengo el tronco principal.
Marta no pudo evitar emitir un grito histérico al volverse.
Por la puerta abierta habían entrado tres figuras. La primera se
parecía mucho al jefe de seguridad, Ernest Rageroff, vestido con
un espartano mono negro isotérmico con un extraño símbolo en
el interior del círculo rojo del pecho, una cruz gamada. No lo
recordaba como insignia de ninguna Legio, y no sabía qué hacía
allí.
Las otras dos son otra historia.
Tenían enormes ojos, cuatro orbes color azabache. De forma
transversal a ellos, siguiendo la línea de la columna vertebral,
corría un hilillo de apéndices azules, de un grosor algo menor
que el de un lápiz, mucho mayor que un pelo, que baja por la ¿nariz?
y rodea la boca, un hoyo oscuro con puntiagudos dientes móviles
distribuidos en círculo, visibles tras los nerviosos movimientos
de flagelos. Su estatura, por una casualidad de la vida, parecía
similar a la nuestra, pero no así sus proporciones. Sus piernas,
largas y débiles, aparecen cubiertas por una parafernalia tecnológica
(¿quizá la gravedad de la tierra tenga la culpa de todo?) que
le recordaron a la utilizada para hacer andar a los parapléjicos
eventuales.
Sus cuatro brazos parecían rodeados por unas bolsas azules, del
mismo color que su piel, llenas de gases, cuya finalidad no
conseguía adivinar si era ornamental o funcional. El cuerpo lucía
decorado con estéticos retazos de tela y tiras de metal,
formando una suerte de arnés o exoesqueleto muy similar a una
incompleta armadura medieval.
Rageroff le soltó una rápida ráfaga de palabras en Germánico
de las que ella sólo capturó "amigo" y
"miedo". Lo que Genden no sabía es que ella era
originaria del norte de la Galia, donde el germánico todavía se
chapurrea. Desgraciadamente, a Marta no le había dado por
estudiarlo, pues sus padres eran ibéricos. Todo lo que entendía
lo había aprendido por ósmosis. "Demasiados cambios",
dijo él en su tambaleante dialecto.
Una de las criaturas habló. El doctor observó impasible el
gesto del alienígena: giró una "costilla" de su traje
para poner un adorno circular a la altura de su orificio bucal y
movió los flagelos. El sonido que salió del artefacto tenía más
similitud con el viento que con una voz humana. Germánico, algo
evolucionado pero una lengua humana, al fin y al cabo.
-Tenemoz preguntaz que hazerle, doktor...Genden. Serrá mejorr
que nos akompañe a la Zala de Zeguridad. Uzted y eza Zeñorita.-
Grotesco acento. Marta emitió una risita. El sibilante tono de
voz había oscilado hasta transformarse por instantes en una
graciosa voz chillona.
-Vienen de Júpiter, ¿verdad, Ern? Díselo a tu viejo amigo. -El
doctor, poco a poco, fue despertando su anquilosado dominio del
idioma. Pero no recobraba su seguro tono de voz habitual, lo que
delató a Marta su nerviosismo.
-Sí, claro que vienen de Júpiter, Karl. Y no me llamo Ern. Mi
nombre es Solosta.- Comentó algo a los alienígenas en un idioma
desconocido, parecido al bárbaro.- Hemos llegaaado.- Hizo una
desagradable curva con su voz, y, dando un paso de baile, se
agarró de la cintura de Marta.- ¿Has olvidado hablar en alemán,
Elga? ¿Tan grave ha sido el accidente?
-Peor.¿Qué es el alemán?- Karl solapó con su entrada el grito
tímido de Marta. El autodenominado Solosta arqueó una ceja, típico
gesto de asombro en Ern, y le contestó divertido.
-La lengua que se habla en los Reinos Nórdicos, principalmente,
y el idioma de la Ciencia por excelencia desde hace doscientos años,
aproximadamente. ¿Sprechen sie Deustch?.- Soloras mostró sus
blancos dientes, tallados hasta ser puntiagudos, similares a los
de los...jovianos. Marta emitió otro gemido.- Estás extraña
hoy, chica.- Dijo, refiriéndose a Marta, que seguía haciéndose
la ignorante. Entendía, pero no se atrevería a hablar.- Poco...
charlatana.
La extraña comitiva salió del laboratorio con la discordante
pareja en cabeza. Soloras cantaba en esa jerga evolucionada,
agarrando de la cintura a la pasiva chica. Karl intentaba
mostrarse lo más natural posible, mientras que era escoltado por
dos criaturas semitransparentes procedentes de una luna muerta en
órbita a un gigante gaseoso. Marta no parecía ella. Hacía
esfuerzos por no mirar a nadie, intentando que el mundo se
olvidase de su existencia para actuar. Mientras, meditaba sobre
lo ocurrido.
-Acabemos con este mero formulismo. Hemos llegado.
Un joviano pulsó con sus...dedos un puñado de teclas de la
extraña consola sobrante en ellas y la puerta se abrió con un
silbido. La sala de reuniones parecía igual que siempre, a no
ser por detalles de la decoración tales como la presencia de
unos pequeños platitos con muescas frente a cada silla o la
ausencia de altavoces visibles, al fondo, junto a la pantalla.
Marta y Karl entraron detrás del alienígena, y tras ellos
penetraron Solosta y el otro extraterrestre. Todos se sentaron en
silencio en sitios enfrentados. Entonces sonó un clic. La puerta
de entrada se había cerrado. O sellado. Solosta-Ern se levantó.
-¿Hace falta que te explique el funcionamiento de la Sala de
Juntas, Karl? Bien, veo que sí. Jodidos científicos, siempre
especialistas en su campo pero nada duchos en ningún otro. Este
artefacto...- pulsó un botón y del centro de la mesa salió un
amorfo cacharro lleno de lentes y micrófonos- grabará todo lo
que se diga en esta habitación hasta que yo lo diga. Mientras
tanto, una representación virtual de la sala y sus integrantes
vuela por la Red, es posible que algún personaje importante de
los Seis Mundos nos haga una visita, ¡Je!.- de nuevo esos
dientes.-No saldremos de aquí hasta que no me expliques qué ha
producido esa cortina blanca. Hay quien sospecha que ha sido un
intento tuyo de acabar con el Proyecto. Me anticipo a sus teorías,o
a tus conatos de plan. Si me matas, no saldrás de aquí con
vida. Han pasado cosas muy raras entre estas paredes, así que
estoy preparado para lo que me echen. Hable, Herr Doktor Karl
Genden.
Marta no despegaba los ojos de los alienígenas, en un silencio
forzado por su ignorancia lingüística. Siempre se las había
arreglado con el latín, y ahora le venían con ésto.
Karl contó, lo mejor que pudo, su teoría de los 64 universos
sectoriales en un alemán vacilante, lleno de términos latinos a
los cuales su amigo no parecía hacerles asco. Sin embargo, la
expresión de los alienígenas (si es posible interpretar un
rostro de ese tipo) tembló en un gesto que muy bien podía
significar desconfianza. No obstante, no lo interrumpieron, sino
que lo dejaron tropezar con su pronunciación una y otra vez,
conteniendo a Solosta en cada una de sus salidas ingeniosas sobre
la disminución de las capacidades lingüísticas de el Gran
Científico Karl Genden, Twan Mirk nombre joviano, uno de los
pocos humanos que había estudiado en el Mundo Santo de Europa.
Al final de su entrecortado y dubitativo soliloquio se hizo el
silencio en la sala. Solosta-Ern sudaba copiosamente a pesar de
que no hacía calor en la sala, y los dos jovianos parecían
tranquilos. Uno de ellos dijo:
-Solosta, déjalos salir de la sala. Son inocentes. Dicen la
verdad.
El jefe de seguridad, empapado en sudor, como un papagallo o un
autómata repitió:
-Dicen la verdad. Ordenador, déjanos salir.
Y la puerta hacia la libertad se abrió. Un joviano (¿hablaba
siempre el mismo y él no se había dado cuenta?) los retuvo
hasta que Solosta dejó la sala. Después les dijo:
-Doktor, Elga, acompáñennos. Debemos discutir detalles de su
explicación científica.
-Creo que usted, señorita Elga, necesitará esto.
Marta entendió eso último. Con una de sus múltiples manos de
siete dedos finos como escalpelos abrió un cajón bajo la mesa
de conferencias-interrogatorios. De él sacó un extraño pero
sencillo artefacto, una especie de auriculares con micrófono móvil
similar al utilizado por ellos. Se puso el que le ofrecieron.
Karl dudó un poco.
-No tenga miedo, Doktor. No va a afectar a su mente. Sólo
facilitará la comunicación entre nosotros, le evitará tener
que pensar cada vez que habla. Es un simple traductor multilingüístico
portátil. La única molestia que notará será una cierta
cacofonía idiomática al principio. Una vez le coja el truco,
descubrirá que es una maravilla tecnológica.
-Controlásteis a Solosta, ¿verdad?- Genden no parecía nervioso
ante la idea.
-Sí. No lo hacemos a menudo. Era necesario, si no lo hubiéramos
hecho seguramente ahora estarías encarcelados, retenidos como
espías del Bloque Comunista. Lo cual no nos interesa, si es
usted quien dice ser, dado que se acerca una nueva Guerra, más
devastadora que la anterior. Solosta es eficaz en su trabajo,
pero incapaz de romper la ley por el bien del conocimiento.-
Siguió hablando, con idéntico tono y sin división de
continuidad, su compañero:
-Además, tiene los pies demasiado anclados en tierra como para
creer en universos especulares. Nosotros sí contemplamos esa
posibilidad. Háblame de tu universo, científico.
-¿Qué queréis saber?
-Todo lo que consideres importante: empezando por tu nombre allí
hasta los acontecimientos relevantes de vuestra historia.
Vuestras leyes físicas y políticas. El año de Contacto y la
forma.- Caminando por los pasillos llegaron a lo que podría ser
o un gigantesco invernadero, o un jardín. El suelo dejó de ser
metálico para convertirse en tierra, y ésta poco a poco se
cubrió de un poderoso césped azul, que no se tronchaba al
pisarlo. Clorofila sintética, quizá, o un derivado similar. Una
piedra ocupaba el centro casi geométrico de la luminosa sala.
Detrás de ella, unos bancos escalonados tallados en el basalto
los esperaban.- Aquí nos quedamos. No nos molestará nadie, es
zona diplomática. Empezad a hablar, humanos.
Karl Genden tomó aire. Éste tenía una composición extraña,
era como más ligero, pero no olía raro ni nada así. Se dispuso
a comenzar su charla con esa misma bocanada.
-Mi nombre es Karl Genden. Soy científico. Nací el 12 de
Augusto del 2670 después de la fundación de Roma en Berlinum,
Berlín, en la próspera provincia de la Germania. Me gradué en
Física Fundamental "cum laude" unos 20 años después,
sobre Juno. En Septiembre empecé mis investigaciones en las
especialidades de Cuántica y Termología, estudios que finalicé
por falta de medios en el 99. Abordé otras ramas, Mecánica y
Electrónica, por sugerencia de un amigo. Pensaba que podía
conseguir el Nobel. ¡Ja! Me he presentado tres veces, la primera
perdí y las otras dos me pisaron la idea dos jodidas
Megacorporaciones gracias a jodidos hackers. Entonces me
ofrecieron la beca de investigación en la Provincia Antarctica.
Querían obtener energía de las singularidades cuánticas, ¡imagínate!,
y me permitían diseñar por completo (supervisado por
arquitectos y economistas, por supuesto) toda la estación científica.
Así lo hice, pero enfocándola además hacia el estudio probabilístico
de la existencia de un espacio hexadimensional, un espacio al que
yo había llamado espacio gendeniano. Cumplí con los
requerimientos iniciales y me permitieron seguir investigando en
esa rama no definida de la física a la que yo llamo mecánica
unificada o hexadimensional. Luego vino el accidente que acabó
con mi teoría. Porque no consigo explicarme cómo puede existir
un equivalente mío en un cuadrante distinto del universo, o
porqué este cuadrante se parece tanto al mío. Por ejemplo, ¿por
qué a mi Ern me llamó por mi nombre y a Marta no? ¿He cambiado
el universo con un experimento fallido? Lo dudo. Me gustaría
contar con más información para poder elaborar una nueva teoría
que explique esta realidad especular.
-Haremos lo posible por facilitarle todo lo que nos pida, doctor
Genden.
Marta se revolvía en su asiento de piedra. No había pronunciado
palabra desde que vio a los jovianos, y nadie parecía
increparla. Así que cuando abrió la boca por primera vez en
muchas horas, todo el mundo la escuchó.
-¿Cómo era?- dijo.
-¿Cómo era quién?- contestó el alienígena.
-Mi "yo" de esta realidad. Elga.
-Frívola, superficial, libidinosa...y no le gustaban los gaac.
-¿Jaak?- la chica se esmeraba en pronunciar el sonido alienígena.
-Gaac. Sonido oclusivo labial, por favor. Más suave. ¿Cómo
llaman a los nuestros en su mundo?- Marta se paralizó, abrió
los ojos como platos y miró a Genden pidiendo ayuda.
-No existe nada parecido a ustedes en nuestro
"cuadrante".- Una retahíla de sonidos sin traducir
llenaron los oídos de los humanos. Los jovianos estaban
exhaltados, se les veía extraños, como dos peces dando
coletazos fuera del agua. Karl se dio cuenta, por primera vez, de
que eran criaturas con mentes inteligentes totalmente distintas a
la nuestra, con sentidos muy diferentes de los nuestros. Quizá
gozasen de más. O de otros equivalentes, como ciegos que sienten
la música pero no la oyen. Por lo que sabía, su mente era mucho
más poderosa, capaz de detener el raciocinio de un humano. ¿Capaz
de esclavizarlo? ¿Seguiría en este cuadrante vigente la
esclavitud?
-Siga, doctor Genden. Perdone nuestra sorpresa. Háblenos de Júpiter.
-Júpiter, en mi universo, es junto con Saturno la joya del
Sistema Solar. Un gigante gaseoso de colores vivos, una estrella
fallida rodeada de una cohorte de fallidos planetas. Se ha
especulado sobre qué habría pasado si en Júpiter se hubiese
generado la fisión nuclear. Ya sabemos la realidad.- Ruidos
intraducibles de nuevo. ¿Risas?
-Entonces, su universo no es especular. Es distinto. En principio
pensamos que ustedes eran de nuestro futuro, pues la fecha actual
humana es 2054, pero eso no es posible si Júpiter es un planeta
en el 2707. Se podría transformar una planeta en una estrella,
pero es técnicamente imposible hacer lo contrario. Además,
sabemos científicamente que Europa, nuestro mundo, es tan viejo,
si no más, como la Tierra, y la vida tiene incluso más antigüedad.
-Lo cual nos lleva al problema de origen.¿Cómo diablos se
explican ambas realidades? Porque, si no es especular el modelo,
entonces es múltiple. ¿Alguna teoría?
-Yo tengo una.- Marta dudó unos instantes. No confiaba en la
buena voluntad de los jovianos. Pero sí en Karl, y quería que
él le diese su opinión sobre la teoría que ella había estado
fermentando en su mente desde que vio la consola con teclas de más.-
Me hablaste del cero absoluto, Karl, y de tu aspiración de
alcanzarlo y aislarlo. Como periodista científica, conozco el
tema, y sé que el cero absoluto es el resutado de extrapolar
unas curvas experimentales hasta un punto de corte común.
Pero...¿y si muy cerca de ése punto, tan cerca que no se ha
detectado, dichas curvas viran totalmente y se dirigen hacia el
infinito? No tendríamos un punto, suno una infinitud de
discontinuidades. Una "plano de cero absoluto".
Especulemos sobre el particular. ¿Qué hay detrás de esa
barrera? Nuevas leyes físicas, diría uno. Nada, diría otro. Átomos
congelados, diría el siguiente. ¿Y si lo que existe es otra
barrera, la barrera de la curva por el lado de las altas
temperaturas ?. Sí, estoy hablando de temperaturas infinitas, de
estados de energía pura. Cuando Ernest me llamó pensé en
curvas circulares, como coger el folio y enrollarlo de forma que
la curva forme un anillo. Pero cuando aparecieron los jovianos
cambié de opinión e hice una cadena en vez de un anillo. O una
cuerda infinita. ¿Por qué detras del cero absoluto las moléculas
se deben orientar como lo hacían delante? El estado de energía
pura puede degenerar como le apetezca, creando un millar, o un
millón, de universos de probabilidad casi total. Un trillón de
universos paralelos, una infinitud de tierras, algunas muertas,
otras con dinosaurios, y otras tan parecidas a la nuestra que no
podríamos distinguirlas excepto a nivel molecular. Recuerda,
Karl, el experimento Pound-Purcell-Ramsley. Siguiendo la teoría
cinética invirtieron el spin magnético de una serie de átomos.
Cambiaron de posición todos los electrones. Reordenando todos
los átomos, tienes un nuevo cuerpo. Y extende éso a un
Universo. Tu accidente con el cero local creó una onda, una
irregularidad en la trama tridimensional, una pared de cero
absoluto que nos mandó a este universo. Yo la salté, ¿y tú,
Karl?- Él asintió con la cabeza.- Quién sabe qué nos habría
pasado si no lo hubiéramos hecho. Criogenizados,
desintegrados...recuerdo los charcos del pasillo. ¿No es así
como queda una persona después de ser congelada y descongelada
lentamente, un charco orgánico? Dímelo, has hecho experimentos
con ello.-
La cara del científico hablaba por sí sola.
-Sí. Sólo espero que la onda de cero absoluto se amortigüe en
el espacio y en el tiempo como toda onda normal. Por fortuna,
estamos solos en kilómetros a la redonda.
-Estamos solos en un universo desconocido, Karl.- Sonrió para
sus adentros.
-Sí, Marta. Solos, con la certeza terrible de que no volveremos
al nuestro.
-No si nosotros podemos solucionarlo. Mi nombre es H'yal. Y el
suyo G'eel. Es mi complementario. El doctor Twan Mirk fue un gran
amigo nuestro, colaborábamos con él, estaremos encantados de
ayudar a un equivalente suyo. Quizá, con suerte, logremos
recuperarlo.- H'eel usó por primera vez la laringe artificial:
-No deben de decir nuestros nombres en público. En mi mundo, dar
el auténtico nombre a otra criatura es un símbolo de confianza
extrema.- Su voz sonaba rancia, como procedente de centenares de
años en el pasado.- No me gusta demasiado hablar, pero a veces
hay que hacerlo.
* * * III * * *
-Aquí está el equipo del Doctor Twan Mirk. Nosotros le
traduciremos lo que necesite, pero creo que el alfabeto es el
mismo. Espero que no tenga dificultades en hacerlo funcionar, la
finalidad de su experimento era similar a la suya.- Karl
correteaba por aquí y por allá, tocando tal o cual panel
luminoso, examinando este o aquel indicador digital.
-Necesitaré aprender la numeración arábica.
-No será necesario. Nosotros le daremos las lecturas.
-¿Están seguros? Es muy peligroso.
-Saltaremos con usted, doctor Genden. Sentimos curiosidad por ver
el aspecto que tiene nuestra estrella en su mundo. Nuestra
filosofía de la vida nos dice: "Llega donde ningún gaac ha
llegado jamás. El conocimiento es el mayor tesoro, y el
aburrimiento el peor enemigo" Tomamos tierra con la primera
expedición, hace 250 años. En pleno Renacimiento. Al principio,
nos creyeron demonios, después, dirigimos a los humanos en su
despertar tecnológico: les dimos pistas matemáticas, energéticas
y metalúrgicas, les construímos ciudades en otras lunas. Todo
nos parecía nuevo por aquel entonces, pero ahora nos aburre.
Nuestros compañeros ya lo saben, y planean un viaje a Beta
Pictoris, donde dicen han encontrado sombras de planetas.
Nosotros preferimos estudiar otras dimensiones. Viajaremos con
usted. No puede impedirlo.
-Está bien. Allá ustedes, cuadrúmanos inteligentes. Que
nuestro Imperio, ahora Liga de Continentes, tenga milenios de
historia no significa que esté exento de fallos. Si quieren
enfrentarse con una posible intolerancia racial, con la falsa paz
de Africa, la atmósfera insana de las megápolis de nuestra América,
llenas de guerillas raciales entre indios, romanos y vikingos o
con el monopolio comercial de Asia, máxima productora de
alimentos, vengan conmigo. Espero que a nuestra Tierra, o a la
que sea, le hagan tanto bien como parece que le han hecho a ésta.
-Genden hizo una pausa dramática, y miró su reloj de pulsera.-
Saldremos en cinco minutos. Cuando recoja algunos objetos útiles,
por si el salto no es acertado. Ustedes deberían de hacer lo
mismo. Marta, será mejor que te busques un mono adiabático.
Ella cayó en que seguía llevando ropa de cama. Se sintió ridícula.
Karl revisó los controles mientras los demás correteaban
agarrando diversos objetos: una brújula, un bolígrafo y una
libreta de papel, un termómetro digital, un soldador láser, un
multiuso .Aparentemente todo estaba como cuando se produjo el
accidente. Para asegurarse de que el tejido de la realidad actual
se desgarraba o, al menos, vibraba, aumentó la energía algunos
órdenes de magnitud por encima de los valores originarios. Pulsó
el interruptor que iniciaba todo el proceso, y se colocó junto
con sus tres compañeros detrás de una línea pintada en el
suelo que rezaba, escrito en latín "Línea de Salto".
Hubo una explosión muda, una conflagación energética, e
inmediatamente empezaron a sentir los cambios, como un pájaro
migra cuando llega el invierno, ellos supieron que todo saldría
bien. Marta habló, en medio del seco y pesado silencio:
-¡Espero que ésto no se convierta en una odisea!
-¡No te garantizo que volvamos a nuestro universo, Marta! ¡Todavía
estás a tiempo de quedarte en éste!- le contestó impasible el
científico.- Pero me encantaría tenerte a mi lado.
-Iré contigo a donde sea, Karl. Me gustas, y lo sabes.-
Bamboleando sus caderas de una manera exagerada, se acercó y lo
besó. Fue un beso corto, más cariñoso que lujurioso, la
culminación de todas las tensiones generadas entre los dos. Él
la miró a los ojos, por primera vez no esquivó su mirada, y
Marta le sonrió. Sus ojos grises la traspasaban, parecían
querer leerle el alma. No se ruborizaría en un momento como éste.
El ahora radiante científico dibujó una leve sonrisa en sus
labios y le devolvió el beso con amor. Después, volvió la
mirada al frente y dijo:
-Más tarde seguiremos con ésto.
La pared blanca que Marta vio desde su habitación resultó ser
una esfera extendiéndose. Empezaron a tener frío, pero estaban
preparados para el asunto. Activaron la calefacción de sus monos
adiabáticos. Lentamente, muy lentamente, tuvieron la superficie
curva frente a sus ojos. Primero saltó Karl, no sin antes echar
una misteriosa mirada al laboratorio de su homólogo.
Inmediatamente después, Marta. Los siguieron H'yal y G'eel.
La habitación quedó vacía, y, poco a poco, fue engullida por
la esfera de luz lechosa.
FIN