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LA FURIA DEL GUERRERO
Homenaje a Robert E. Howard

Y dicen que lo mejores compañeros son aquellos que han vivido juntos más de tres batallas, porque tres es el número de dioses que te pueden favorecer en ella, y es pretencioso el pensar que un dios, ya sea Hardaj, el dios de la Guerra, o Lümac, el de la Muerte, vela siempre en tus campañas.
Pero si son tres los guerreros, la dicha es triple. Aún así, el número de conflictos sigue siendo menor de aquellos de los que han salido indemnes Tergeran, el Ethanio de Hualga, Désmena, la Asesina Rubia y su líder, Qrazeen el de la Espada Sangrante, el Rey Maldito.
Sin embargo, hubo un momento en que esta poderosa alianza que desafiaba a los propios dioses estuvo en peligro de disgregarse. Y fue en aquella aventura en las Montañas de Hierro, en la frontera con la lejana Gernia, allí donde nacen los pilares invisibles que sostienen el Reino de los dioses. En esa tierra yerma, un sacerdote tuvo la desgracia, una noche de juerga en la posada, de desafiar a la leyenda que camina a vencer a su único miedo: la magia.
Todo surgió como un tonto juego. Un trovador, como yo, contaba junto al fuego las hazañas del trío en el reino vecino, donde derrocaron sin saberlo a un falso mago, pero que era temido como tal por la población de la capital. Así decía la canción del trovador.
-" Con la fuerza entraron en la plaza del mago
donde la virgen iba a morir
Todos los fieles paralizados
abrieron camino al Rey sin país "

...Y los tres entraron en la plaza del mago, donde éste estaba a punto de sacrificar a la chica con la que Qrazeen había yacido la noche antes, e interrumpieron con sus gritos de batalla la marcha del ritual. Entonces el de la Espada Sangrante, señalando al hechicero con su herramienta, dijo, con una voz que podría pertenecer a un dios: "Suéltala, o tu sangre se mezclará con la de mi espada." Y el mago le contestó: "Antes tendrás que probar el poder de mi magia". Entonces el cielo cambió su color, la noche se hizo día con el resplandor de los rayos que iluminaban la siniestra figura junto al altar, y el hechicero lo apuntó con su cetro. "Siente la furia de los elementos", exclamó, y un rayo púrpura salió de su bastón con dirección a Qrazeen. Él levantó la espada, y parando con ella la fuerza de un impacto que hubiera carbonizado a otro guerrero cualquiera, arremetió haciendo molinetes contra el mago, que cayó poco después con la cabeza sesgada en una de esas vueltas. Pero no caía muerto, no señores. La sangre que goteó de la espada mientras acababa la vuelta que separó la cabeza del nigromante fue bastante para despertar a los dioses oscuros que esperaban la lluvia de savia humana para manifestarse en la tierra. Así, uno de ellos tomó el cuerpo del mago e hizo que se levantase de nuevo, cogiese su cabeza y se la reubicase sobre sus hombros.
Qrazeen no aguantó más. Ante la atónita expresión de sus compañeros, que disfrutaban como él en el anonimato de la epicidad de la historia, se levantó de su silla y gritó:
-¡Eso es mentira!
A lo que el trovador respondió, con voz igualmente potente:
-¿Quién lo dice?
-¡Qrazeen!- gritó el guerrero.
El revuelo fue general. Sillas y mesas se movieron con estrépito, dejando en el centro de un gran círculo a la mesa donde se sentaban los tres amigos. Tendíais que ver las caras de los nativos mirando al trío como si fuesen demonios salidos de uno de los tres Infiernos - que me perdonen los demonios - , campesinos que, acostumbrados a oír hablar de los ataques de furia del portador de la Espada Sangrante, se veían envueltos en uno de ellos. Pero hubo un lugareño, aparte del trovador, que no tuvo miedo y se separó de la chusma atemorizada. Era el sacerdote de Ull, que al contrario que muchos, sí dedicaba su vida a defender la verdad en todos sus aspectos. Así que ese sacerdote gritó, con la voz monótona que caracteriza a los de su orden:
- Cuéntanos la verdad.
Y Qrazeen, reconociendo los hábitos de la divinidad, volvió a tomar asiento y comenzó a relatar lo que él sabía que había ocurrido.
-Os contaré lo que yo he vivido. Supe por ella que su familia era perseguida por los sicarios del mago por no pagar su excesivo tributo. Era por eso por lo que ella se ofrecía a los desconocidos a cambio de unas piezas de oro, ya que no era de ese tipo de mujeres. Y fue por lo mismo por lo que, al día siguiente, fui a buscarla a su casa para cederle parte de la fortuna que habíamos acumulado hasta esa ciudad, y que empezaba a pesar más de lo que puede considerarse cómodo.
Pero ella no estaba en su casa. Su familia nos dijo que había sido tomada como tributo, ya que en el último día había duplicado los impuestos. Indignado, dejé a sus padres lo que convenimos entre los tres y emprendimos la caza del mago.
En la ciudad, nadie sabía nada: las calles quedaron desiertas cuando los vecinos corrieron la voz de que pensaba enfrentarme al hechicero, Möhol era su nombre.
Qrazeen hizo una pausa, dando un largo trago a su jarra de cerveza. Después exclamó:
-¡Mozo, otra, o mi lengua se volverá tan pastosa que no podré seguir hablando!-
El sacerdote invitó a la Espada y sus amigos a una ronda, agarró una silla y se sentó en frente de él, junto al trovador, en los límites del círculo.
-Tras toda una mañana de intensa búsqueda, capturamos a un miliciano. Pero cuál fue nuestra sorpresa al descubrir que era mudo, pero no de nacimiento. Su lengua le había sido cortada de raíz para que no fuese capaz de contar nada. Désmena apuntó entonces que quizá supiese algún lenguaje de signos, y empezó a gesticular con él.
-El pobre hombre había sido entrenado desde pequeño en el arte de sembrar el terror, pero carecía de cualquier tipo de malicia.- Apuntó Désmena.
-Se "ofreció" a llevarnos al templo de Möhol, y así lo hizo. Cuál fue nuestra decepción al descubrir que estaba fuertemente vigilado, y lo estaría así hasta la noche. No me averguenza reconocer que nos colamos como ladrones en el interior de las mazmorras, liberamos a la muchacha y esperamos en un sitio estratégico la llegada de Möhol. Fue Tergeran el que acabó con su vida, no yo, pues tengo una especial repulsión hacia los hechiceros.
El sacerdote lo miró, sopesando la veracidad de la historia.
-¿Y por qué quieres quitarte gloria de encima, Qrazeen?
-Porque ese hombre despreciable, ese falso hechicero llamado Möhol, carecía de todo poder mágico. Según me contó Tergeran, mientras huía como un conejo por una puerta secreta tuvo mil y una oportunidades de invocar a sus dioses, y no lo hizo. Y no tuvo un segundo aliento, si siquiera nadie le cortó la cabeza. Tergeran verificará mi historia.
-Es cierto.- Dijo él.- Sospecho que sus fieles inventaron ese cuento de los Dioses Otros para mantener el terror sobre su pueblo. Quizá deberíamos volver allí, Qrazeen.
Mientras la Espada daba otro buche a su cerveza y sopesaba ésa posibilidad, una voz surgió del populacho:
-¡Tú no eres Qrazeen! ¡El auténtico Qrazeen no confesaría su temor por nada!
-¿Quién ha dicho que tengo miedo a algo?- El campesino, atemorizado por el violento levantamiento del guerrero, que derribó la mesa en su furia, se ocultó de nuevo entre los aldeanos. Qrazeen miró, con ojos llameantes, a todos los que lo rodeaban. Fue el sacerdote el primero en contestarle.
-No lo has dicho, pero lo has dejado ver. Es un bonito eufemismo llamar "repulsión" al "terror". Si realmente sintieses repulsión hacia los magos, habrías ido el primero a matarlo.
Tergeran y Désmena levantaron la mesa y las sillas. Qrazeen, medio borracho, masculló entre dientes:
-No le tengo miedo a los magos. ¡No le tengo miedo a nada!- Dejándose llevar de nuevo, se avalanzó sobre el sacerdote y lo levantó en el aire por el cuello de su túnica. Pero el gesto no acabó con la integridad del mismo. Ni siquiera cuando el portador de la Espada Sangrante dijo:
-Si no fuese Qrazeen el portador de la Espada Sangrante, ya habría acabado con tu despreciable vida, sacerdote de provincias.- Después, satisfecho con su frase, lo soltó y fue a reunirse con sus compañeros.- ¡Posadero, otra jarra!
Si no conocéis a Qrazeen en persona no comprenderéis su comportamiento. Os parecerá innoble que un héroe se emborrache como un simple matón, pero es la única forma que tiene el Rey Maldito de acallar las voces que le persiguen, las voces de los que han muerto injustamente bajo el filo de la Espada Sangrante. Porque habéis de recordar la gran tarea que se asigna al que porta la Espada con fines más o menos benéficos, y es pagar con la muerte de un malvado la de un alma inocente que un día se llevó la Espada Sangrante. Aquel que toma de manera voluntaria la Espada y la utiliza para hacer el bien, se ve perseguido por las voces hasta que la balanza se equilibre. La Espada es el único objeto mágico que lleva y llevará Qrazeen, y es por eso por lo que odia, no ya teme, a la hechicería en todas sus formas.
Pero volvamos a la posada. El sacerdote, recuperado de la caída, y fanático de su religión como era, se atrevió a formular un desafío:
-Demuéstranos que eres Qrazeen, extranjero.
Entonces Qrazeen sacó su Espada, envuelta en cuero y lana como una vulgar, sin funda enjoyada, como dicen las leyendas, y haciendo un rasguño en el techo al desenvainarla apuntó con ella al pobre siervo de Ull.
-¿Te parece ésto suficiente muestra?- dijo, paseando la punta de la roja espada tan cerca como podía estar del cuello del sacerdote sin cercenarlo.
-Ninguno de nosotros ha visto la Espada Sangrante. Esta prueba no me sirve.- pronunció el amenazado, con voz asombrosamente clara y fría. Qrazeen empujó el mango hacia la nuez del infeliz, que se escurrió antes de ser atravesado. La espada se clavó unos centímetros en la pared, y después salió por la fuerza de Qrazeen levantando pedazos de piedra a su paso. Si las miradas matasen, el sacerdote estaría muerto en esos momentos. Pero no fue así, y con la fuerza que le daba su dios, replicó.
-¿Eres Qrazeen, el Héroe, o sólo un vulgar asesino de clérigos?- El seguidor de Ull se levantó y se apoyó en la barra, igualmente furioso.- Por Ull y por la verdad te desafío, extranjero. Existe un viejo castillo, en lo más hondo de las Montañas de Hierro, donde un hechicero mora desde hace milenios. Si eres el auténtico Qrazeen, aquel que ha perdido el miedo, podrás ir allí, matarlo y traerme su cabeza en una bandeja. Sólo en héroe de la Espada Sangrante podría hacer algo así.
Qrazeen, aturdido, miró a sus compañeros buscando su aprobación para asentir. Pero el sacerdote añadió:
-Solo. Sólo el auténtico Qrazeen podría hacerlo solo.
Entonces él asintió, dio un trago a su jarra y, tambaleándose, cayó al suelo.


* * *


A la mañana siguiente, Qrazeen se despertó con resaca. La cerveza de Gernia es muy fuerte, y tiene tanto alcohol como un barril de vuestra meada de burra con espuma. Aún así, agarró su excaso equipaje y fue en busca del castillo de las Montañas de Hierro, dejando a sus compañeros en sus respectivos lechos, pues habían sido dormidos con aguazul diluída en la cerveza por orden del sacerdote.
A mitad de camino, cuando el terreno se volvía rocoso, se dio cuenta de que no había cogido provisiones y se concentró en otear en busca de conejos. Pero no divisó ninguno. Así es que nuestro héroe llegó a las lindes del castillo con el estómago vacío y unas ganas terribles de matar al que lo había metido en aquel lío.
El castillo era tétrico, de este estilo anterior a la humanidad que te hace dudar de su naturaleza artificial. Desde las arrugas de sus almenas espiaban los ojos de gárgolas expectantes, y miles de símbolos paganos decoraban la puerta. El guerrero de la Espada Sangrante dio una vuelta a los muros, buscando otra entrada, una ventana, un respiradero o algo similar, pero el castillo carecía de todo eso. Qrazeen, desesperado, desafió al señor del castillo delante de la puerta principal, pero nadie contestó. Su potente voz retumbó a lo largo de las múltiples y tétricas gargantas y paredes de las Montañas de Hierro, hasta llegar a mis oídos. Dicen los lugareños que aún se puede oír, en los días de tormenta de primavera, algunas vagas palabras de las que quedaron atrapadas en las cumbres blancas. Pero estoy divagando de nuevo.
El caso es que Qrazeen no sabía por donde entrar, así que llamó a la puerta. Tres golpes, cuentan sus compañeros. Y la puerta, obedeciendo a un extraño mecanismo, o a un sortilegio, se abrió silenciosamente, ni siquiera con un chirrido.
Si el castillo parecía magnífico desde fuera, desde dentro era aún más impresionante. La antesala tras la puerta bien podría haber albergado un estadio, todo en penumbra. Qrazeen avanzó unos pasos hacia el interior, pero fue suficiente para que la puerta se cerrase a su espalda. Él nunca lo confesaría, pero en aquellos momentos temblaba de miedo. ¿No lo haríais ustedes, en una enorme sala en un castillo al pie de la Morada de los Dioses que se dice dominado por un mago inmortal? Luchando contra sí, gritó:
-¡MAGO! -Las paredes le devolvían el eco, distorsionado.- ¡He venido a matarte para conservar mi honor! ¡Déjate ver y lucha como un hombre, no como una sombra!
Con la espada desenvainada, y haciendo periódicos molinetes en torno suyo, empezó a explorar. Poco a poco, sus negros ojos se habituaron a la casi total oscuridad y vislumbraron unas escaleras al fondo. Por ellas subió, en silencio, como un ladrón o como un gato que se sabe en las cercanías de una trampa. Cuenta él que vagó, de este modo, por todo el castillo, de largos pasillos ojivales, escaleras desgastadas y retorcidas torres. Y que sus huellas se marcaban en el polvo, en la capa de polvo de miles de años de antigüedad. Nada había inflamable, ni siquiera los más típicos muebles eran de madera.
Así que Qrazeen, frustrado por la falta de acción, se durmió en el centro de la sala principal.
Lo despertaron voces en la puerta. Désmena y Tergeran, estaba seguro. Sin dudarlo, se acercó a la puerta e intentó abrirla. Pero no era tan fácil como desde fuera. Buscó un cierre, unas bisagras, algún mecanismo, golpeó tres veces, pero nada. Yendo hacia la esquina de la sala, palpando, encontró algo redondeado que le era extrañamente familiar.
-¡Cráneos! - Gritó, recordando su estómago por primera vez desde el día anterior en que se acostó sin cenar: -¡Por Lümac, moriré de hambre si nadie abre esa puerta!
Y golpeó las hojas con sus poderosos puños, una y otra vez, pero sus compañeros no parecían tener intención de entrar. Más bien de quedarse fuera, tras los golpes, si es que se oían. Qrazeen siguió examinando las esquinas, y encontró más cráneos. "Así que esto es" se dijo, "una ratonera de Lümac para aquellos que osan acercase a la morada de los dioses". Y yo os digo, amigos, que el polvo del castillo no era otra cosa que polvo de huesos, huesos tan viejos como nuestra raza.
Qrazeen maldijo por todos los dioses. Dio paradas furiosas a los cráneos, pulverizó un par de ello, se hizo sangre de tanto golpear la puerta. Se quejó de su soledad. De pronto recordó que no estaba solo. La Espada Sangrante lo acompañaba, y el millón de almas en pena. Si la leyenda era cierta, nada rompería la Espada.
Golpeó una vez contra la puerta, pero no tuvo éxito. Golpeó otra vez, y de la misma saltaron chispas. Estaba en una cárcel, una cárcel tan segura que nadie había escapado con vida de ella. Recordó sus tiempos de traficante de esclavos, y cómo uno de ellos se escapó horadando poco a poco la pared de su prisión. Lo intentó con el muro, y notó cómo la espada lo hendía. Así que era eso, el muro.
Qrazeen golpeó de nuevo. Y otra vez. Y otra. La Espada trazaba fantasmagóricos arcos en la casi total oscuridad, y el castillo temblaba a cada golpe. Los tajos a la pared se volvieron más furiosos, más frecuentes, más dirigidos, y del techo empezó a caer una arenilla.
-¡No me atraparás! -Dijo Qrazeen al castillo, que parecía quejarse de sus embestidas.- ¡Tendrás que liberarme si no quieres que nadie más quede atrapado en tus muros!- Y golpeó, y golpeó, con renovadas fuerzas al descubrir el daño que hacía.- ¡He vencido! -gritaba, mientras los siniestros temblores hacían caer las gastadas escaleras. En un último movimiento, como quien clava un puñal, Qrazeen clavó su herramienta desde arriba en la gastada pared, notando cómo cedía bajo su peso y la fuerza de sus músculos. Clavó a Sangrienta hasta la empuñadura, y removió, creando una vía de luz primero y un agujero después.
Désmena vio a Sangrienta salir de la pared y se dio cuenta de lo que ocurría. Mientras el interior del castillo intentaba caer sobre Qrazeen, éste salía por el crecido boquete, como un nuevo nacido del vientre de una madre gigantesca y pagana.
Sacudiéndose el polvo del pelo, tras los fuertes abrazos y besos, los tres contemplaron cómo caía un vestigio más del antiguo dominio de los Dioses Otros, un monumento a los mismos pies del Reino de los Dioses.

Los tres forjadores de leyendas volvieron al pueblo a contar lo ocurrido, pero aunque la nube de polvo levantada por el derrumbamiento de la construcción se podía ver desde allí, el sacerdote permaneció incrédulo. Es por eso que fue a comprobar lo ocurrido, y cuenta la leyenda que los demonios sevidores de Lümac encargados de limpiar la zona lo hicieron suyo y lo devoraron, pero no puedo dar fe de ello. Sólo sé que Qrazeen, Désmena y Tergeran cruzaron las Montañas de Hierro y siguieron adelante, hacia el Continente Maldito, para enfrentarse al Desafío de Ïgen y a los demonios de los Dioses Otros que esclavizaban a los humanos de la zona. Pero esa es otra historia.

* * * FIN * * *